Voy a relatar un caso médico que no tiene ninguna explicación lógica ni científica. Lo he comentado con colegas médicos aquí en Bolivia y en congresos internacionales, nadie cree que se trate de un evento real. Pero lo es: yo lo viví.
Se inició a las tres de la tarde del miércoles 18 de junio de 1997. Una señora de veintiocho años de edad, que tenía 24 semanas de embarazo, acudió a Emergencias de la clínica de la cual yo era jefe de Neonatología. Ella reportó haber dejado de sentir, hacía un tiempo, el movimiento del bebé en su vientre. Temía que algo le haya pasado.
Pasó al consultorio del ginecólogo, quien hizo los chequeos médicos correspondientes. El monitoraje (de la pantalla donde se ven los latidos del corazón) mostraba una línea continua, el sonique (con el que se escucha al corazón) no captó ningún latido cardíaco y la ecografía no detectó ninguna actividad. La conclusión: el bebé estaba muerto.
El doctor le dijo a la madre: “Tenemos que terminar el embarazo y sacar al bebé, para ello vamos a hacer un parto provocado para no intervenir con una cirugía. Debemos internarla inmediatamente”. La señora y su esposo dieron el consentimiento para el procedimiento y ella fue internada para recibir los medicamentos que le provocarían las contracciones del útero.
PARTO
A las ocho de la noche, es decir, cinco horas después del arribo a la clínica, se inició el trabajo de parto. En el quirófano estaban presentes solamente el ginecólogo y dos enfermeras. No fue necesaria la presencia del pediatra.
Cuando la madre expulsó a su hija (era mujercita), el ginecólogo tomó a esta en sus manos y verificó nuevamente si había latidos en el corazón, en la arteria carótida (en el cuello) y en el cordón umbilical. No había ningún signo vital. La entregó a la enfermera, quien la envolvió en una sábana y la puso sobre la bandeja de la sala.
El doctor siguió atendiendo a la madre. Sacó la placenta, la analizó y vio que no había nada raro. Terminó de hacer el procedimiento de rutina, hizo el aseo y dejó lista a la señora para que las enfermeras la pasen a su pieza.
El padre y toda la familia estaban esperando afuera del quirófano. El doctor salió y le dijo al padre que le entregaría un certificado con el cual podría hacer las gestiones para sacar a la bebé de la clínica y enterrarla.
Una de las enfermeras llevó a la madre en la camilla hacia su habitación, mientras que la otra se quedó para hacer la limpieza de instrumentos.
El ginecólogo fue al mostrador de la enfermería, pidió que le den un certificado de defunción, lo llenó y con él se fue a la habitación para entregárselo al padre. Toda la familia estaba en la pieza, llorando la pérdida y apoyando a la madre.
Ya eran las nueve de la noche. La enfermera que se quedó en la sala de partos estaba terminando con sus quehaceres de limpieza, cuando oyó un gemido.
EMERGENCIA
El gemido provenía de la bandeja donde estaba la bebé. Era un “iii iii iii” casi imperceptible. Se asustó. Se acercó y vio que la niña estaba respirando. ¡Era imposible! Una hora antes se verificó que no tenía signos vitales.
Cogió el teléfono y llamó por el interno a la pieza: “¡Doctor, doctor, no está muerta, está gimiendo!”. El ginecólogo corrió al quirófano, verificó que, efectivamente, estaba respirando y pidió a la enfermera que se ponga en contacto inmediatamente con el jefe de pediatría-neonatología de la clínica, que era yo.
“¡Llame al Dr. Via Reque, que venga en este momento!”, instruyó.
Afortunadamente, me encontraba cerca del vecindario. En ese entonces no había celulares, los médicos recibíamos las llamadas de urgencia por el bíper, que era un aparato que solo mostraba mensajes de texto enviados desde una central. El mensaje decía: “Llamar urgente a la clínica, sala de partos”.
Conseguí un teléfono, llamé y me comuniqué con la sala de partos. Me respondió la enfermera. “Doctor, necesitamos que venga inmediatamente. ¡Hay una prematura que no tenía signos vitales hace una hora y que ahora está viva!”.
INTERVENCIÓN
Llegué a la clínica aproximadamente a las nueve y cuarto de la noche. Lo recuerdo como si fuera ayer. Me encontré con una bebé prematura muy chiquita, que medía 15 cm y apenas llegaba a pesar 500 g. Respiraba muy poco. Hice la reanimación, estimulé su respiración, le di oxígeno, le di calor con las lámparas de la incubadora y seguí todo el procedimiento que hacemos en estos casos. Logré estabilizarla, pero sabía que eso era solo el principio.
Llamé al padre y le dije: “Mire, ahí está su hija. Las posibilidades de vida son del 1%, porque es muy chiquita, ha estado mucho tiempo sin latidos en el vientre de la madre y después una hora en la bandeja de la sala de partos, sin oxígeno ni calor. Las probabilidades de que muera son del 99%.
Y continué: “Si quiere que la atendamos aquí en la clínica, le va a costar mucho dinero. Un día en terapia intensiva cuesta entre 700 a 1000 dólares. Si no tiene las posibilidades, le doy una nota para que vaya a la maternidad del Hospital Percy Boland, donde la atenderán en forma gratuita. Usted decide qué hacer”.
El papá me respondió que conseguiría el dinero, que hagamos todo lo posible para salvar a su hija ahí mismo en la clínica. Entonces, la llevé inmediatamente a terapia intensiva y llamé a los terapistas de recién nacidos que trabajaban conmigo. Entre estos cuatro doctores y mi persona llevamos a cabo un riguroso tratamiento por las siguientes semanas.
TRATAMIENTO
Lo primero que me llamó la atención fue que la recién nacida no tenía uñas, todavía no se habían formado. Después estaba su piel, que era extremadamente delicada. Cuando le pusimos la gasa con alcohol en su ombligo, para tapar el cordón umbilical cortado, la piel se le quemó.
Cada día que pasaba era una batalla. Estaba entre que se moría y sobrevivía, otra vez se moría y otra vez sobrevivía. Las enfermeras entraban, la miraban y decían: “Si vive es un milagro”.
La bebé estuvo con respirador por casi tres meses. Recibió varios antibióticos, antimicóticos, albumina humana, transfusiones de sangre y noventa frascos de gamaglobulina endovenosa. También recibió alimentación endovenosa hasta que pudo comenzar a succionar leche, que se le fue aumentando paulatinamente. Le vino una septicemia, después una infección por hongos.
Estuvo 85 días en terapia intensiva. Después, salió a la pieza y, recién a los 95 días, pudo irse a su casa. Cuando salió de la clínica tenía 25 cm de tamaño y pesaba 1400 g. Se fue a casa con la misma enfermera que la atendió desde el inicio.
¿SECUELAS?
Mientras hacía el tratamiento en terapia intensiva, yo me preguntaba acerca de las secuelas a nivel neurológico que podrían presentarse. Normalmente, cuando a un recién nacido le falta el oxígeno por tres minutos, o por cinco como máximo, ya hay daños cerebrales considerables e irreversibles. En este caso, la niña estuvo sin respirar y sin latidos de corazón por varias horas dentro del útero de la madre y por más de una hora en la bandeja del quirófano, donde además estaba sin calentarse en pleno invierno cruceño.
A los 3 meses de salir de la clínica la trajeron para consulta. La niña ya sujetaba bien su cabeza, que es el primer síntoma de un desarrollo neurológico normal. Cuando estaba por los 9 a 10 meses ya se sentaba. Y cuando estaba por el año y tres meses, ya se paraba.
Era sorprendente y completamente inexplicable. Caminó, entró al kinder y después al colegio. A los siete años entró al Club 7, que es un club de gimnasia, y llegó a ser campeona nacional de salto.
Su desarrollo neurológico fue completamente normal. El único daño que ha tenido, que se lo ha notado en toda su vida, ha sido una baja de audición al 60-70%. Sin embargo, esto se compensó porque siempre llevaba audífonos en los dos oídos, con lo que su audición subió al 90-100%.
EXPLICACIONES
He contado este caso muchas veces a pediatras, terapistas, neonatólogos, ginecólogos y profesionales de otras especialidades aquí en Bolivia y en muchos congresos en el exterior. Les decía: “¿Cómo puede ser posible que esta niña, que estaba muerta dentro del útero de la mamá, estaba muerta cuando nació, se la puso en una bandeja fría y sin oxígeno por una hora, empezó a respirar sola, y no tiene daños neurológicos? ¿Y, además, que resulte después campeona nacional de salto y pueda estudiar normalmente como cualquier niño?”.
Varias veces recibí miradas de incredulidad de mis colegas, como si yo hubiera inventado el caso. Me dijeron que lo que cuento es imposible porque niños con falta de oxígeno por varios minutos inevitablemente tienen daños neurológicos considerables: no se pueden sentar cuando corresponden, no hablan, no caminan bien y tienen muchísimas limitaciones.
En mi larga carrera profesional como médico pediatra, nunca vi ni escuché algo parecido, no hay explicación lógica posible. Hasta ahora, sigo admirado de lo que sucedió.
RELATOS DE LOS PROFESIONALES QUE APOYARON
En febrero de 2019, es decir 22 años después del suceso, se volvió a reunir el equipo médico en un evento social, recordando lo que había sucedido. A continuación, están los relatos de quienes quisieron compartir su experiencia.
OSVALDO GALVIZ (terapista neonatal)
He atendido este caso desde la noche en que nació la bebé hasta su último día en la clínica. Mi principal función como terapista fue proveer la alimentación parenteral, es decir, darle vía intravenosa los preparados que contenían su alimentación, medicamentos o cualquier otra sustancia que necesitara su organismo. La mamá no podía brindar leche, así que la subsistencia de la bebé dependía de lo que yo le daba.
LAS VÍAS VENOSAS
El problema más grande que tenía era encontrar las vías venosas para aplicar su alimentación. Ya no me acuerdo cuántas punciones (inyectar las agujas) le hice en las vías periféricas como los brazos; llegó un momento en que ya no había dónde más ponerle. La bebé tenía solo 15 cm de largo y sus venas eran muy chiquitas.
Tuvimos que arriesgarnos a hacer una punción en vía central, lo cual era muy delicado, especialmente para nosotros que éramos médicos jóvenes. El Dr. Via Reque instruyó que venga el mejor especialista de la ciudad para hacer este procedimiento. Tardamos un poco en encontrarlo, porque era muy requerido en las clínicas.
Cuando finalmente llegó, yo estaba nervioso. Por mi lado, ya había hecho técnicas como esta en otro hospital, pero nunca al nivel del experto y con nacidos tan chiquitos. Así que entramos a Neonatología de la clínica y entre los dos empezamos el tratamiento. La situación era un poco apremiante porque la paciente no había recibido su alimentación en las últimas horas.
El doctor finalmente hizo el procedimiento, ¡pero no pudo encontrar la vena! El tiempo estaba en contra nuestra, no teníamos muchas posibilidades de seguir probando. Me pidió que lo haga yo. Lo hice ¡y en treinta segundos agarré la vena! “Había sido bueno usted”, me dijo. Fijamos la manguerita para la alimentación ahí mismo.
Las próximas veces que teníamos que hacer un procedimiento como este en la clínica, me pedían a mí que lo haga, por el éxito que tuve en este caso.
MUESTRAS DE SANGRE
Sacar muestras de sangre a una bebé tan chiquita era otra proeza. A veces teníamos que sacar sangre varias veces al día para llevar al laboratorio. Actualmente hay monitores que miden la oxigenación y el pH sin necesidad de sacar muestras, pero en ese entonces solo podíamos cuantificarlo con sangre fresca.
Había dos problemas. El primero era que ella no podía formar su propia sangre todavía, así que había que reponer inmediatamente cualquier muestra que se le sacara. El segundo problema era que ella solo tenía 40 ml de sangre en su organismo, ya que la relación es de 80 ml por cada kilo de peso, y ella pesaba 500 gramos.
Debíamos ser muy cuidadosos en no sacarle mucho. Con 0,2 o 0,3 ml parecía suficiente; a veces sí lo era y otras veces no. La frustración era sacarle y que no sirva, que no alcance, o que se coagule en el camino, por lo que otra vez teníamos que hacer todo el procedimiento. Hubo días en que se le sacaron hasta 10 ml de muestras.
EL OXÍGENO
Otro de los temas que nos preocupaba mucho era la exposición al oxígeno. Los tubos de oxígeno que se usaban en las clínicas en ese entonces tenían una concentración del 100%, que es diferente al aire normal que respiramos. El aire del medio ambiente tiene aproximadamente 21% de oxígeno y 79% de nitrógeno.
El oxígeno concentrado puede ser fatal para los prematuros. Con mucho oxígeno se pueden dañar los ojos, los pulmones, el cerebro, los oídos, los riñones, hasta puede dejar lesiones permanentes. La PCI (Parálisis Cerebral Infantil) se puede dar por sobredosis de oxígeno. No teníamos en ese entonces cómo modificar el volumen de los tubos.
La bebé tuvo tanta exposición al oxígeno puro que podía haber tenido muchos daños irreversibles. Afortunadamente, no le pasó nada.
MEDICAMENTOS
Teníamos que tomar decisiones sobre cuántos medicamentos ponerle, porque podíamos producir fallas hepáticas (en el hígado) irreversibles. Era una opción de acuerdo al riesgo-beneficio implicado: si no le poníamos, la paciente podía morirse y, si le poníamos, tendríamos que luchar a futuro contra un posible daño hepático.
A veces debíamos tomar decisiones a altas horas de la noche. El médico principal no estaba disponible y las enfermeras no querían que la toquemos, pero lo teníamos que hacer. Eran decisiones que tomábamos los terapistas basados en la literatura que teníamos a mano.
Llegó un momento en que la pregunta: “Ahora, ¿qué hacemos?” era demasiado frecuente. Su salud era un tobogán constante, tenía crisis casi cada día. Nos pusimos un período de espera al que llamamos “período ventana”, dejando las cosas sin tocar. Esperábamos los resultados de los cultivos, a veces no había mucho más que hacer.
Las intubaciones por la garganta eran otro lío, el laringoscopio apenas entraba. Yo agarraba el tubo con dos deditos y apuntaba. Nos daba pena la glotis, que normalmente sufre mucho por la intubación. Los pacientes que han tenido muchos de estos procedimientos son roncos o tienen la voz dañada, pero ella no tiene nada de eso.
CRISIS QUE VIENEN Y SE VAN
La bebé tuvo paros cardíacos. Para reanimarla usábamos los dedos, porque su tórax era muy chiquito: diez reanimaciones con un dedo, veinte con dos dedos, no podías hacer treinta, daba miedo quebrarla.
Hubo también una infección que no se le pasaba con ningún medicamento disponible en la ciudad. De alguna manera, la familia se las arregló para traer un antibiótico nuevo que acababa de salir en Chile y afortunadamente sí funcionó. Esa droga era una novedad en otros países.
A veces parecía que todo iba bien y nosotros estábamos contentos. Al día siguiente su salud decaía; a los días, otra vez mejoraba. Era agotador, pero no podíamos darnos por vencidos. Poco a poco, con el pasar de las semanas, la veíamos más gordita, más cachetoncita. Su piel se hacía más dura: cuando la apretábamos, no se marcaba.
¿Y LAS PALABRAS DE ALIENTO?
Creo que quienes más turnos nocturnos hemos hecho entre los doctores fuimos Ronald Pedraza y yo, tal vez por ser los más jóvenes del equipo. Había situaciones donde no había quién se quede en las noches. Le decía: “Choco, ¿te quedas tú o me quedo yo?”. A veces no volvía a mi casa por quedarme.
El Dr. Via Reque, quien era el jefe de Neonatología de la clínica y nuestro jefe directo, supervisaba el caso personalmente. Queríamos que él dijera algunas palabras motivadoras, alentadoras, algo así como: “¡Pobrecitos ustedes que se han quedado toda la noche!”. Pero se limitaba a decir: “Tranquilo, lo que va a pasar, va a pasar. Sigámosle, estamos bien”.
MISTERIO Y MILAGRO
En el tratamiento, había días en que no sabíamos por qué su metabolismo respondía de una u otra manera. No había explicaciones lógicas. Era como un misterio y un milagro al mismo tiempo, porque solo así lo podíamos explicar.
Actualmente yo trabajo en el departamento de Neonatología de un hospital. A las madres les cuento la experiencia que he tenido con este caso para infundirles un poco de fe. Les digo que tienen que confiar en el de arriba y también un poco en nosotros los médicos; aunque al final es Él quien nos va a guiar.
KATTY CALZADILLA (enfermera)
Estuve justo en el turno de la tarde el día en que la bebé nació, fui la primera en intubarle. Me tocó también contar la historia clínica de los 65 días que estuvo en el ventilador, ya que permanecí todo ese tiempo ahí.
Hubo muchas crisis, hasta tuvo paro cardíaco y la reanimamos. Cuando ya estábamos saliendo adelante con un tratamiento, otra vez volvíamos hacia atrás, era como empezar de nuevo. Entre todas sufríamos.
Cada vez que ella tenía un cumplesemana o un cumplemés, le dábamos un regalito. Era para darle ánimos a la niña y también para darnos ánimos a nosotras mismas. Le traíamos hasta postales de la Madre Teresa de Calcuta, que pegábamos en la servocuna.
Cuando se la dio de alta de terapia intensiva, la pasamos al frente a un cuartito que tenía su cuna. Ahí su mamá la cargaba en una silla como bebé canguro, así se calentaba. Lo importante era que gane peso, porque solo recibía leche y antibióticos.
Me acuerdo de que muchas noches la mamá estaba completamente agotada, con sueño. “Vámonos”, le decía. “No, todavía, un rato más”, me respondía. Se iban tarde a su casa, a veces a la una de la mañana. Su hermanito mayor, que solo tenía tres años, a veces también se quedaba, porque quería estar con su mamá y su hermanita. Cuando él se dormía, lo acomodábamos en algún lugar hasta que se vayan.
MARIA ELSA PAZCOE (enfermera)
Yo la vi al poco rato que nació, cuando dieron la voz de alarma de que una bebé que había nacido sin signos vitales estaba viva. En esa época yo no trabajaba en Neonatología, sino en piso. Mercedes, la enfermera de Neonato, quien fue la primera que la atendió, me llamó para que la ayude.
Ella me dijo: “Ven, pero no me hagas muchas preguntas, haz lo que te digo”, porque Mercedes era así, directa. Ahí laminamos algodón y la envolvimos. “Pero la estamos envolviendo como si fuera una momia”, le dije. “No importa”, me respondió, “lo importante es que la criatura se caliente”. La colaboré un rato y después me fui otra vez a mi piso.
Esa noche bajé varias veces porque me daba pena ver a la bebecita tan chiquita, tan delgadita. Se veían sus venas y sus arterias, era toda transparente, como si fuera una radiografía en vivo. “Bueno, Mercedes, si vive, se tiene que llamar Milagro”, le dije. Y desde esa noche se llamó Milagro, porque todavía no tenía nombre.
En los días y semanas siguientes, yo casi no entraba a Neonato, porque ahí estaban las otras enfermeras, sino que apoyaba a la mamá, acompañándola en los momentos difíciles. Lo importante era que ella transmita fuerza y esperanza a su hija. Nosotros creemos que cualquier cosa que ella siente, la bebé también lo presiente.
Yo vi cómo ella le daba ánimos a su hija. Le decía: “Gorda, ya pues gorda, tienes que ponerte bien”. Y a veces la bebé se ponía bien así, más rosadita. La mamá me miraba y me decía: “Me merezco un beso, ¿no?”, y nos reíamos.
¡Qué ganas de vivir tenía! Movía sus manitos y piecitos en la servocuna.
MARLENE JUSTINIANO (enfermera)
Cuando nació la bebé, yo tampoco trabajaba en Neonatología, sino que estaba en piso. Lo que me unió al grupo fue que mi hijo nació cinco semanas antes y, cuando volví de mi baja médica, automáticamente me convertí en donante de leche.
Yo hacía turno de noche y el doctor Via Reque me decía: “Tú estás dando leche, no te vas si no me dejas leche”. Al final, me sacaba leche a las nueve de la mañana, a mediodía, a las tres y a las seis de la tarde. Incluso alguna vez ella tomó leche de mi pecho.
No sabemos cuántas mamás han aportado leche. Cuando nacía un bebé en la clínica, pedíamos aporte de leche. Los doctores, que trabajaban en otros hospitales de la ciudad, también traían leche, porque a veces sobraba allá.
Todos los días era una lucha, le dábamos ánimos. “Vamos, vamos, Milagro” le decíamos, “tienes que salir”.
MARIA ORTIZ (enfermera)
Yo no trabajaba en Neonatología, pero cuando pasaba por ahí, me moría de curiosidad por ver a la bebé tan pequeña. Me acuerdo de que Mercedes le tejía vestidos y, cuando se los ponía, parecía una barbie. A Mercedes le gustaba tejer.
Dios dio inteligencia a los médicos para sanar a la niña. Y los padres tuvieron la entereza y fortaleza, siempre luchando, para que su hija viva. Esa actitud motivaba a todos también.
Aquí está uno de los vestidos que tejía Mercedes:
NELSON VIA REQUE (jefe de Neonatología y pediatra principal)
Antes de este caso, teníamos bebés prematuros de muy bajo peso y nosotros, los pediatras, los atendíamos solo con una incubadora, un tubo de oxígeno y nada más. Eso he hecho en Montero durante diez años y aquí en Santa Cruz también en diferentes clínicas. No existía bomba, no existía monitor, no había respirador, ni gasometría. Para poner bicarbonato, teníamos que ver el color del dedo. Para poner oxígeno veíamos el color de las uñas.
La bendición más grande para mí fue que, por esa época, apareciera el servicio de terapia intensiva neonatal. Antes tenía que pelearla solito, con la enfermera, el tubo de oxígeno y nada más, incluso en las noches. A los terapeutas ahora podías decirles: “Toma, querido, les toca, atiéndanla ustedes con estas instrucciones, vuelvo mañana”.
Cuando iniciamos el tratamiento, le dije a la mamá: “Mire, esto va a ser como cruzar el mar, pero en un botecito y con dos palos de remo, nada más. No sé cuánto vamos a tardar, no sé si vamos a llegar, o si en medio camino nos va a agarrar una tormenta y nos vamos a ahogar. Van a haber días de sol en que vamos a ir bien y algunos días nublados con tormenta en que vamos a pasarla mal”.
Y así todos los días le iba diciendo: “Ahora hay sol o ahora está nublado o ahora hay tormenta”. Una mañana noté que tenía cataratas en ambos ojos. Esa catarata, inexplicablemente, se curó solita, sin necesidad de oculista. Es un ejemplo de las tantas crisis que tuvimos.
Cada noche iba a la clínica. Había veces en que llegaba feliz a casa porque estaba bien y noches que me iba hecho pomada porque se estaba muriendo. Antes de dormir, rezaba: “Ojalá mañana la encuentre”. Iba al día siguiente y la encontraba rosada, ¡feliz! Unos días más tarde, otra vez se moría y después, otra vez estaba bien.
Hasta que por fin llegó el día en que se la dio de alta. Salió con un kilo cuatrocientos de peso. Habilitamos una terapia intensiva en su casa para que la sigamos viendo, a la que fui varias veces a verificar que su salud continuara mejorando.
Lo que sigue siendo inexplicable e increíble es que la bebé debería haber tenido mil daños de todo tipo, pero no tiene prácticamente nada. Ahora es una señorita universitaria haciendo una vida completamente normal.
EL SENTIMIENTO DE DOCTORES Y ENFERMERAS
Al final de la reunión social, la conversación giró en torno al involucramiento personal y sentimental que tiene el personal médico con sus pacientes.
Una de las enfermeras comentó:
Hay veces en que nos acostumbramos mucho a un paciente y lo extrañamos cuando se va. Les decimos a las madres, especialmente a las primerizas: “Cualquier cosita llámenos, para orientarle”. A los niños ya no los vemos como pacientes, sino como hijos. Con ella el apego fue mayor, porque hemos luchado por muchas semanas y nos poníamos tristes cuando decaía.
El doctor Galvis añadió:
En el momento en que estamos frente a la familia tenemos que ser fuertes para poder guiar, porque no podemos dejarnos llevar por sentimientos personales en ese momento. Debemos tomar las cosas de manera seria, para mantener la línea del tratamiento y cumplir con nuestro trabajo de la forma más profesional posible.
Entonces, no es que no tengamos sentimientos, como a veces puede parecer. Cuando estamos solos, lagrimeamos, lloramos, nos enojamos, nos cansamos. También somos padres, madres, hermanos e hijos. El sufrimiento incluso es mayor, porque tenemos una responsabilidad añadida, de dar soluciones a un tratamiento.
Hay pacientes que pasan rápido y se van. Pero cuando un paciente se queda para un tratamiento más largo, te marca y se puede convertir en alguien que genera sentimientos en el médico o en la enfermera.
GALERÍA DE FOTOS
Las siguientes fotos se tomaron en el primer cumpleaños de la bebé, en el que se hizo un agasajo a todos los doctores y enfermeras que hicieron posible el éxito de su tratamiento.
Los doctores Freddy Ovando, Ronald Pedraza y Nelson Via Reque
Las enfermeras Katty Calzadilla, Mercedes Rivera y Teresa Flores, con el Dr. Via Reque.
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Nota del editor: Esta historia se basa en una entrevista y posteriores revisiones con Nelson Via Reque realizadas entre enero y febrero de 2019. La redacción y edición son de Marcos Grisi Reyes Ortiz.
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