Cada acto de amor que realizas en tu vida, por más pequeño que sea, resulta en un regocijo de espíritu. Lo puedes notar porque tal vez cambias de estado de ánimo o te sientes más ligero. Sabes que has dado un poco de felicidad a alguien más.
Lo que importa es infundir amor, servir a la gente. Cuando te encuentres con una persona, déjale algo lindo tuyo: un gesto, una sonrisa, unas palabras de agradecimiento. No dejes pasar un día sin haber hecho un acto de bondad. Eso forma parte de tu camino hacia una elevación espiritual.
EL CAMINO
Busca por tus propios medios cómo convertirte en una mejor persona, cómo ser una mejor versión de ti mismo. Hazlo, no porque alguien te lo haya dicho o esté escrito en alguna parte, sino porque tú deseas convertirte en un ser humano más pleno y feliz. Elévate por encima de tus propios esquemas mentales y sociales.
Conozco gente que no se considera religiosa pero que, en realidad, es muy espiritual. Son personas que buscan activamente hacer el bien como parte de su vida. Sus obras son sencillas: saben escuchar, brindan alegría y paz con su compañía, cocinan para el ser querido o para quien aún no conocen, ayudan al amigo o familiar que necesita apoyo.
Estas personas también llevan adelante acciones que ocupan un importante esfuerzo en sus vidas. Entre estas acciones se encuentran: criar hijos; mantener una familia unida; sembrar árboles y plantas; dedicarse a la enseñanza de niños; conectarse con la música y las artes; cuidar animales desprotegidos; servir a la comunidad en cualquiera de las tantas formas que hay.
Todos estos actos, chicos o grandes, son posibles gracias a una sola fuente de energía: el amor por el que fuimos creados y que reside permanentemente en nuestros corazones. Las personas que transitan por un camino espiritual se dan cuenta del gozo que experimentan cuando acceden a esa fuente infinita y, en ese proceso, tratan de tender puentes hacia el amor que también reside en otras personas.
LA TRAMPA DEL RAZONAMIENTO
Nuestro amor no está condicionado a tener estudios académicos, pertenecer a algún grupo religioso o memorizarse libros sagrados. Cada uno de nosotros, por la propia naturaleza humana que tenemos, tiene la misma capacidad de escuchar a su corazón y conectarse en forma amorosa con otros seres humanos. Esa capacidad de conexión existe sin importar el estatus social, el nivel de educación o la edad que tengamos.
El camino hacia una elevación de espíritu no utiliza la forma común de razonar del ser humano. El amor es íntimo e intuitivo. Mientras más avanzas o creces, dejas de ser tú y pasas a ser consciente de tu unión con el Todo. Ingresas a un estado de agradecimiento y de amor universal hacia quienes formamos parte del mundo.
LOS ELEMENTOS FUNDAMENTALES
Para alcanzar la elevación espiritual se necesitan tres elementos fundamentales: amor, conocimiento y entendimiento. Para comprenderlo, visualicemos los siguientes ejemplos.
Imagina que estás caminando por la calle y alguien, que viene en sentido contrario, te choca accidental y bruscamente con el hombro. Probablemente reacciones con enojo por su falta de atención. Pero luego te percatas de que esa persona es ciega; entonces, entiendes lo que sucedió y más bien tratas de ayudar. El cambio de actitud provino del entendimiento de la situación.
En otro ejemplo, imagina que acabas de conocer a una persona que se muestra antipática y agresiva. Puedes averiguar de dónde viene, a qué se dedica y quiénes son sus amigos, pero sigues sin entender su comportamiento. Cuando finalmente tienes una conversación con él o ella, te enteras que ha tenido una niñez difícil, que tiene dificultades en casa, o simplemente no es feliz en su vida. Entonces entiendes mejor la situación y estás en mejores condiciones para poder conectarte con esa persona.
Conocer y entender te da una mayor capacidad de conexión y le da otra tonalidad a tu amor.
LA DECISIÓN DEL DOLOR
Dicen que perdonar es recordar sin rencor ni resentimientos. Lo mismo pasa con la ofensa. Tal vez la situación pueda causarte pesar, pero quedarte con el sufrimiento es tu decisión. La paz interior comienza cuando te das cuenta de que recordar con dolor no tiene sentido.
Más allá de las razones por las que sucedieron las cosas, existe una causa subyacente más profunda que muchas veces no la conocemos. Cada situación que ocurre en tu vida te da la oportunidad de tener un aprendizaje, solo debes tener la humildad de reconocer que no sabes todo. Escucha, haz lo posible por entender para, después, actuar con amor.
Cuando la cabeza se enfríe, las emociones se apacigüen y el ego se aparte, estarás en condiciones de tomar mejores decisiones. Si entras en la conciencia de ser una mejor versión de ti mismo, podrás entender y amar la vida desde un estado espiritual.
SEGUNDAS OPORTUNIDADES
Años atrás, la doctora Elizabeth Kübler-Ross se propuso entrevistar a moribundos para saber cómo poder darles una mejor calidad de vida antes de morir. Muchos de ellos estaban en su lecho de muerte abandonados, sin familia y sin amigos. Fue así como ella hizo un manual en base a todas sus entrevistas para que el personal médico pueda prestar mejores cuidados paliativos. Sus experiencias se publicaron en el libro Sobre la muerte y los moribundos.
En una oportunidad, uno de sus entrevistados —que había sido dado por muerto y vuelto a recobrar la conciencia después de varias horas—, le contó lo que había vivido durante su muerte. A partir de ese momento, la Dra. Kübler cambió su objetivo de investigación.
Se dedicó a entrevistar a gente que había tenido una experiencia similar a ese paciente. Al principio dudó de los resultados, porque pensaba que podía ser un efecto de los medicamentos. Sin embargo, se encontró con testimonios de ciegos de nacimiento que describieron lo que habían visto en el quirófano mientras los médicos los habían declarado muertos.
UNA LUZ
Similares situaciones las describe Raymond Moody en su famoso libro Vida después de la vida. Todos sus entrevistados argumentaban que, luego de fallecer y observar sus propios cuerpos sin vida, de pronto se veían ante la presencia de una luz que irradiaba amor.
Esta luz les mostraba todo lo que habían hecho en su vida. No aparecían los eventos que ellos consideraban importantes, sino los pequeños gestos amorosos que hicieron, como apoyar desinteresadamente a alguien que necesitaba ayuda.
Esa luz les preguntaba: “¿Has amado tanto como yo te amo a ti?”.
Al volver a la vida, varias personas atestiguaron que cambiaron su forma de ser por completo. “Nunca me sentí más vivo que estando muerto”, decían. Gracias a esas experiencias, más allá de sus creencias, lo único que contaba para ellos en adelante era ser una mejor persona, dar lo mejor de sí.
EN EL MOMENTO FINAL
Al momento de cerrar los ojos en la vida física y cruzar la frontera de la vida terrestre, solo llevas contigo lo que eres. No importará lo que hiciste, sino el cómo y el porqué de tus actos. Tampoco tendrá importancia a quiénes conociste, sino lo que les ofreciste y sembraste en sus corazones.
Porque, al final, no eres lo que tienes, sino eres lo que das.
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Nota del editor: Wolfgang Kellert es escritor y conferencista internacional. Desde el año 2003 se ha dedicado a producir contenidos transformacionales de conciencia, los cuales se difunden en radio, televisión e Internet. Ha dado más de 300 charlas públicas en varios tipos de escenarios en diferentes países. Su entrevista sobre la conferencia “Alzheimer, ahí viene el coco” tiene más de diez millones de reproducciones en la redes sociales.
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Esta historia se basa en una conversación con Wolfgang en mayo de 2019 y revisiones en abril de 2020. La redacción y edición son de Marcos Grisi Reyes Ortiz.
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