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Los regalos de cumpleaños que recibió Estela fueron más que maravillosos.
Para empezar, su esposo, Adrián, le trajo el desayuno a la cama, acompañado de una preciosa pulsera de oro. Era una fecha muy especial y merecía que él hiciera ese esfuerzo adicional. «No todos los días se cumplen treinta y siete años», le dijo el día anterior, pero en tono de broma. No era como para que él vaya corriendo a la joyería a comprar un regalo caro.
Aunque, pensándolo bien, lo que le dijo tenía algo de verdad. Para ella, los treinta y siete, los treinta y ocho y hasta los treinta y nueve son especiales, porque dentro de poco se convertirá en una señora de cuarenta años. ¡Cuarenta! ¡Qué barbaridad! Esa es la edad de las tías, no de las sobrinas. ¿Cómo se llama ese tipo que todavía canta canciones bonitas a las doñas mayores? Ah, sí, Ricardo Arjona. Pues que se vaya a la mierda con sus cancioncillas para tías eternas de viejas. Ella será joven, siempre.
Pero bueno, este cumpleaños había que festejarlo bien. Sus hijos, que tenían diez años, el mayor, y ocho, la menor, le regalaron unos hermosos dibujos que hicieron en su tiempo libre. Hasta le prepararon algo para el desayuno, aunque los panes les salieron un poco quemados y dejaron migas regadas por todo el piso. Ella terminó de hacerles el desayuno bien y los despachó con Adrián al colegio.
Al llegar a su oficina, recibió felicitaciones de todos sus colegas. Se alegraba de haber conseguido ese puesto en el bufete de abogados de su suegro, que era uno de los más renombrados del país. Las personas que trabajaban allí eran brillantes, con proyectos de vida, ganas de progresar y charla amena. El ambiente de trabajo era muy bueno. Lo que más le encantaba era que la empresa solo se dedicaba a procesos civiles y comerciales, ya que el área penal nunca le gustó.
Salió a almorzar con una de sus mejores amigas, una compañera de la facultad de Derecho que trabajaba casualmente en el mismo edificio que el suyo. Tomaron un par de copas de vino de una cepa que les encantaba, rieron y prometieron verse esa misma noche en la casa de Estela junto al resto de las chicas del grupo, con quienes se juntaban regularmente cada mes.
Después del almuerzo, volvió al bufete a recoger su cartera para irse, porque había pedido el resto del día libre a cuenta de vacaciones. Justo en ese momento llamó una de sus clientas, Agatha, la vieja bruja de la compañía de seguros, apodada «la omnipotente» en la oficina porque era la secretaria personal del gerente general y se creía que podía exigir de mala manera sin siquiera decir «por favor» o «gracias». Agatha le exigió en forma urgente que resuelva un tema con un contrato que ya estaba vencido. Para resolver el asunto, tuvo que quedarse hasta las tres de la tarde, dos horas más de lo que debía.
Apenas terminó, bajó al estacionamiento del edificio donde estaba su auto. Por suerte, Adrián, su jefe, se encontraba de vacaciones, y le cedió su lugar hasta que regresara. Mientras caminaba por la plataforma, oyendo el ruido de sus tacos, sonrió. Se acordó de esa vez, hace un par de años, después de una fiesta de la oficina, cuando él se ofreció a llevarla a su casa. En ese trayecto del ascensor al parqueo, la abrazó y se besaron. La atracción era mutua, sin duda alguna. Pero, pasados los días y con las cabezas más frías, sin siquiera hablar del tema, decidieron no continuar con el posible romance porque podría complicar tanto la relación laboral como sus respectivos matrimonios.
Abrió la puerta de su auto, entró, acomodó su falda para que no se doblara y dejó su cartera en el asiento del copiloto. Hizo una pausa antes de poner la llave de contacto. Debía planificar qué hacer primero, porque los tiempos estaban muy ajustados. Tenía que recoger la torta helada para la cena de la noche, que ya estaba pagada y comprometida. Esa torta la hacía una excolega de trabajo que fue despedida y que ahora se dedicaba a la pastelería, quería ayudarla. El problema era que se encontraba al otro lado de la ciudad, pero no tenía alternativa. En cuanto a la peluquería, no estaba segura, dependía si llegaba con suficiente antelación. Eso sí, debía pasar por el supermercado para realizar algunas compras. Miró su reloj. Eran las tres y cuarto.
Encendió el motor. Bueno, intentó encenderlo, porque por más que intentara, no arrancaba. Insistió tanto que la batería se agotó hasta que murió por completo. Sintió un olor a quemado y juró a los mil cielos. Necesitaba un auto urgente, no solo para recoger la torta, sino para hacer el resto de las diligencias para la cena de la noche.
No tenía tiempo de esperar a que venga un mecánico, necesitaba salir ya mismo, así que pidió prestado el auto a Berenice, una compañera de trabajo, quien vivía cerca y podía tomar un taxi. La llamó por el celular. “Claro que sí”, le dijo su amiga, “pero ponle un poco de gasolina porque está casi en cero”. Colgó. No era de sorprenderse que el tanque estuviese casi vacío, si ella era conocida por amarrete: no cambiaba de vehículo hace quince años, repetía su ropa más de lo que estaba permitido por norma social, comía en lugares que servían por kilo (sirviéndose solo carne y verduras, porque las papas y el arroz pesan demasiado) y siempre buscaba que la invitaran, porque ella nunca lo hacía. Y eso que ganaba lo mismo que ella. «En fin, cada uno tiene su vida», pensó. Subió de nuevo al bufete para recoger las llaves, le agradeció mucho y prometió devolverle el auto al día siguiente.
Llegó un poco después de las cuatro de la tarde a la casa de la vendedora de la torta. “Apúrate en ponerla en el refrigerador, porque se derrite”, le advirtió. Por suerte, el auto de su amiga tenía un buen aire acondicionado, así que puso la temperatura lo más baja posible.
El siguiente paso era ir a la peluquería, que quedaba a unos veinte minutos de allí. Tomo una de las avenidas que normalmente está expedita, pero se encontró con un atolladero inexplicable. Era raro, porque la hora pico no había empezado aún. Los autos no avanzaban ni retrocedían. A la distancia, se dio cuenta de que había obreros de la alcaldía haciendo algún trabajo, justo cuando estaba por empezar de hora de más tráfico. La sangre se le subió a la cabeza. Realmente, el alcalde, además de ser algo turbio para los negocios, era un inepto de primera.
Ya faltaban diez minutos para las cinco de la tarde y las chicas estaban citadas para las siete. Estela se puso nerviosa. Tenía que salir de ese atolladero, pero no veía cómo porque estaba en el carril del medio. Aprovechó que un auto a la derecha se atrasó en avanzar y se metió a la fuerza por ese lado de la avenida. Y después, tan pronto como pudo, dobló a la derecha por una calle lateral, esperando encontrar en la siguiente esquina un paso a la izquierda que le permitiera avanzar paralelamente a la avenida y superar el embotellamiento.
La decisión fue mala, porque esa calle a la que entró era usada por una fábrica, situada a la izquierda, que movía camiones de alto tonelaje, algunos de los cuales estaban todavía parqueados a lo largo de la vía. El asfalto estaba muy maltratado, lleno de baches, seguramente por el peso que tenía que soportar. Tuvo que avanzar dos cuadras porque no había el desvío hacia la izquierda que estaba esperando, ya que la fábrica ocupaba dos manzanas. Finalmente, se encontró con una calle angosta situada a la izquierda, detrás de un galpón. Suspiró aliviada, finalmente veía la forma de salir de esa trancadera y de ese barrio, que no era muy bueno.
Aceleró. En el apuro, no se dio cuenta de que había un hueco gigante al medio de la calzada y le pegó de lleno con una de las llantas. Escuchó un ¡PUM!, que es ese sonido tan desagradable que retumba dentro del auto cuando algo fuerte golpea por abajo. No pudo seguir avanzando porque la dirección no respondía bien al volante. Como pudo, parqueó el auto para no bloquear la calle y se bajó para ver qué pasaba.
Lo que vio la espantó. La llanta delantera izquierda estaba doblada, como si se hubiera salido del eje y se encontraba ahora diagonalmente metida dentro de la carrocería. La goma no había reventado, pero era imposible seguir así. No sabía qué hacer. Entró al auto y se comunicó con su amiga para contarle lo que había pasado. Ella le pidió que espere, que iba a contactarse con el auxilio técnico del seguro.
A los minutos, su amiga llamó de vuelta. Pidió que le envíe su ubicación para que la gente del seguro envíe una grúa para que la recoja. Eso sí, el auxilio podría tardar en llegar porque ya era hora pico y el auto se encontraba lejos del centro. Le rogó que espere en el lugar, ya que alguien debía entregar las llaves a la grúa y ella no quería que el vehículo se quedara solo.
Estela llamó a Adrián, que trabajaba no muy lejos de allá, para que venga a rescatarla, pero no contestó el teléfono. Tal vez estaba en una de esas eternas reuniones que duraban hasta la noche. Llamó a sus amigas, las que iban a ir a cenar a su casa, para decirles que había tenido un percance con el auto y que llegaría algo atrasada, que por favor vengan a las ocho de la noche, no a las siete como habían quedado.
A estas alturas, quedaba claro que ya no podría ir a la peluquería y que tendría que cambiar el menú, tal vez pedir un delivery y listo. Todas estarían bien con ese cambio, excepto Alejandra, que era muy fifí y siempre fue la chinchosa del grupo. “Bah, que se aguante”, pensó.
Estaba en ello cuando vio el medidor de gasolina. La aguja señalaba la letra E de empty (vacío). ¡Se había olvidado de cargar en el surtidor! Entró en pánico, porque si no había combustible, el aire acondicionado se apagaría y la torta helada se derretiría rápidamente sobre el asiento. Además de eso, lo más grave, es que tendría que salir del auto porque era imposible estar adentro, hacía mucho calor. Y en ese barrio…
Miró alrededor y pudo ver por el espejo retrovisor que un poco más atrás había una señora barriendo la acera de la calle. Tal vez ella le podría ayudar.
Salió del auto, dejando el motor en marcha para que la torta no se derrita y, un poco atropelladamente, explicó a la señora su situación. Le preguntó si por favor le podría prestar un refrigerador hasta que llegue la grúa de auxilio.
La señora la miró con compasión y le dijo que claro, que traiga la torta e iba a hacer campo en el refrigerador del salón, que las chicas no habían llegado todavía. Estela no entendió mucho eso de “el refrigerador del salón” y “las chicas”, pero no quiso preguntar y fue rápido al auto, apagó el motor, sacó la torta y volvió rápidamente donde la señora, quien le hizo señales para que la siguiera.
Ambas entraron a una casa bastante básica, de techo bajo, una sola planta, verja negra de calle de media altura y un pequeño jardín a la entrada, de plantas algo descuidadas y restos de excremento de perro sin levantar. El primer ambiente era una sala de estar y un comedor, decorados muy modestamente, con unos tejidos de croché de varios colores tendidos sobre el respaldar de los sillones y un camino de mesa de tela blanca con dibujos pintados a mano de rosas rojas. En la pared había una foto antigua del Papa Juan Pablo II, ya amarillenta por el tiempo transcurrido, y un reloj grande con un Micky Mouse señalando la hora con sus brazos. Nada en particular que llamara la atención.

La señora siguió por el pasillo, siempre pendiente de que Estela la siguiera. Salieron a otro patio interno y se pararon frente a una puerta ancha de hoja doble, de color rojo, que daba entrada a una construcción más grande. La señora abrió uno de los lados de la puerta y le indicó a ella que también entre. Se notaba que era un ambiente de dimensiones grandes, pero, por la penumbra, no se podía distinguir muy bien lo que había allí. La señora caminó unos cuantos pasos hasta el fondo y con el clic característico que hacen los interruptores térmicos de luz (no los interruptores normales de un cuarto), todo se iluminó.
Estela se quedó con la boca abierta. Así que ese era “el salón”. Se trataba de un espacio bastante amplio, de unos quince metros de ancho por veinte de profundidad, con varias mesas redondas pequeñas, cada una con cuatro sillas alrededor. Al fondo había un pequeño escenario con un tubo vertical, como el que se usa para hacer espectáculos de striptease. Hacia atrás, a la derecha de la puerta de entrada, estaba la barra de bebidas, de una madera un poco áspera de color café oscuro, que se notaba que era pintura látex sobrepuesta y no el matiz natural.
El techo del salón estaba decorado con un vericueto de luces de neón color azul y amarillo, que daban suficiente iluminación pero no demasiada, de modo que todo parecía envuelto en una penumbra controlada. Las lamparitas fijas de centro de mesa y las lámparas de plástico de las paredes, con motivos de casa antigua, añadían a tener un ambiente tipo cabaret. En un extremo de la barra, había un jarrón con flores artificiales.
Algo que llamó la atención de Estela es que el salón era limpio y no olía mal. Se le ocurrió que la dueña debía ser una mujer, porque había un cuidado innegable en que todo esté en orden y presentable: el piso estaba lustrado, las paredes no estaban descoloridas, los pocos cuadros de paisajes se encontraban rectos y las sillas no parecían dañadas con el uso. Evidentemente, alguien le ponía “cariño” al lugar.
Pasaron detrás del mostrador, donde había un refrigerador alto con puerta de vidrio que servía para guardar los refrescos y las cervezas y pusieron la torta en la sección de arriba que estaba vacía. Después, Estela se sentó en una mesa pegada a la pared, al lado de la barra.
La señora prendió el aire acondicionado y le trajo un vaso de agua.
—Siéntase cómoda, por favor, estas cosas pasan. Yo le aviso cuando llegue la grúa. Si llegan las chicas, no les haga caso, estarán ocupadas hoy porque tienen un trabajo especial, ni se van a dar cuenta de que usted está acá.
—Muchas gracias por su amabilidad —le respondió—, de verdad que me salvó.
—No se preocupe —le contestó la señora—, a mí me gusta ayudar. A las chicas aqui les tengo mucho cariño, las llamo ‘mis niñas’ porque, por la edad, podría ser la mamá de todas ellas. A veces me cuentan sus cosas. Mi trabajo es solo hacer la limpieza, después me voy a casa, que queda a dos cuadras cruzando la avenida.
—¿Tienen show hoy? Es miércoles recién —, preguntó Estela, ya superada su sorpresa y con una cierta curiosidad de lo que pasaba allá. Ella era de mente muy abierta y aceptaba que las cosas podían ser diferentes de lo que aparentaban. En su trabajo como abogada, vio varias situaciones parecidas.
—No —respondió la señora—, solo hay movimiento los viernes y los sábados. Lo que pasa es que uno de los clientes, un señor muy buena gente, pero con gustos un poco raros, pidió que se haga un show especial. Me dijeron que quiere participar en el escenario, no sé qué tendrá en mente. Él va a pagar directamente a las chicas, no al club. La dueña aceptó, porque no se está perjudicando la venta de los fines de semana, cuando hay más ingreso.
—Bueno, está bien —dijo Estela—. Muchas gracias por todo, me quedo acá entonces viendo mi celular.
—Sí, claro, ya le aviso cuando llegue la grúa —, se despidió la señora.
La mesa donde se sentó Estela quedaba un poco fuera de la vista de las personas que podrían entrar al salón, ya que estaba protegida por la altura de la barra. Su celular tenía todavía mucha batería, así que se dedicó a ver emails, sus chats y a navegar por las redes sociales. De vez en cuando chequeaba con su amiga dónde se encontraba la famosa grúa. Se sentía bastante cómoda y fresca, gracias al aire acondicionado. Se felicitó por la buena suerte de haber encontrado a la señora.
A todo esto, ya era las cinco y media de la tarde. Escuchó un ruido de gente que llegaba al salón, eran muchas voces femeninas jóvenes hablando al mismo tiempo. Entraron por la puerta roja y se dirigieron a unos cuartos que quedaban a la izquierda, seguramente se trataba de los vestidores y de algunas piezas para las citas.
Poco a poco, las chicas empezaron a salir al salón, ya arregladas para el show. Tenían trajes de baño minúsculos, algunas lentejuelas y vinchas con plumas en la cabeza. Una de ellas notó la presencia de Estela, a quien saludó a la distancia con una sonrisa, a lo que ella respondió amablemente de vuelta. No quería hacerse notar mucho para no perjudicar, en caso de que el show empezara. Consultó su celular, la grúa no tardaría en llegar.
De repente, las chicas se alborotaron un poco: había llegado el invitado especial. Se notaba que ya todo estaba arreglado, porque casi no hubo conversación a la entrada. Él entró directamente a los vestidores de la izquierda, seguramente para ponerse el traje.
Encendieron las luces del escenario y las chicas se subieron para ensayar un poco. Una de ellas, a quien llamaban Gloria, una rubia teñida bastante petisa de grandes senos (seguramente postizos), era la guía. Se notaba que tenía el carácter para organizarlas, porque daba instrucciones precisas de quién iba a ir dónde y todas la seguían sin chistar. Aparentemente hacián un show de cuatro bailarinas, pero debían abrir campo para que el invitado especial también participe, entonces había que modificar la coreografía.
Finalmente, salió el invitado de los vestidores. Tenía encima básicamente lo mismo que las chicas, con algunos ajustes adaptados a su género. A todas luces, era un travestí porque era más alto y de fisonomía masculina. Podría parecer interesante lo que pasaba en el escenario, pero Estela apenas prestaba atención, ya que estaba preocupada por lo que tenía que comprar para la cena y que la grúa llegue de una vez.
La señora de la limpieza se acercó para decirle que la grúa acababa de llegar. Estela le preguntó cuánto le debía por las atenciones, a lo que la señora le respondió que nada, que era un gusto poder ayudarle. Abrieron el refrigerador, sacaron la torta, dieron la vuelta a la barra y se dirigieron hacia la puerta de salida.
Estela estaba concentrada en que la torta no se le caiga, así que no miró muy bien al frente. Cuando salía por la puerta, se topó con un hombre alto y gordo, que estaba por entrar, así que casi se chocaron. Ella se disculpó y se hizo a un lado para que entre, a lo que él dijo: “Ah, disculpe usted, gracias”, y acto seguido él siguió hacia adentro.
A Estela le llamó la atención ese timbre de voz, le pareció conocido. Alzó la vista ligeramente y miró al tipo con un poco más de detenimiento. Lo había visto en algún lado, pero no recordaba dónde. Él no se fijó en ella porque estaba interesado en observar lo que sucedía en el escenario y simplemente pasó la mirada por encima.
Entonces, Estela tuvo un presentimiento. Se paró, agarró bien la torta y giró para ver mejor el escenario.
Lo que vio la dejó helada. El que estaba subido al escenario, vestido con ropas femeninas y haciendo piruetas de baile, era Adrián, su marido.
Y el gordo alto de la entrada era Felipe, uno de sus amigos de farra. Lo reconoció porque tiene un lunar peludo horrible en el lóbulo de su oreja izquierda.
PRÓXIMO CAPÍTULO: EL DIPUTADO
Este es un cuento de ficción. Cualquier parecido a una persona o situación que conozcas es pura coincidencia.
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