El Nido de las Piratas – Capítulo 2: El Diputado

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Estela no supo cómo pudo salir del local sin caerse, de tal shock que tenía. “¿Mi marido travesti?”. No lo podía entender. Las ideas le daban vueltas por la cabeza. Ese rato, sin embargo, no podía ocuparse de ello, porque tenía cosas urgentes que resolver.

Salió a la calle, coordinó con la persona de la grúa para que se lleve el auto de su amiga y después tomó un taxi para ir a su casa. En el trayecto, tuvo que hacer varias llamadas por teléfono, entre ellas para que la empleada arregle la mesa para recibir a las visitas. También llamó a sus amigas para que lleguen a la hora correcta y al auxilio mecánico de su propio auto para que lo recojan o lo arreglen en el parqueo de su oficina. En fin, la vida continuaba, ya habrá un momento para lidiar con lo que sea que le esté pasando a su marido.

Llegó a su casa y se arregló rápidamente para recibir a sus amigas, quienes llegaron a la hora acordada. Pidieron por delivery unas pizzas, tomaron unas cuantas copas de vino y la pasaron muy bien, divirtiéndose con la charla. Por prudencia, Estela decidió no contar nada de lo que le había pasado en ese local y de lo que vio en el escenario, hasta no averiguar más.

Su marido llegó a las 10 de la noche, con la pinta de siempre, algo desgarbado después de un día de trabajo. Sus amigas estaban todavía en casa, así que se saludaron a la distancia y el subió directamente al dormitorio principal.

Al finalizar la noche, luego que las amigas se fueron, Estela subió a su cuarto para acostarse. Él ya estaba dormido. Se sentó en la cama y se fijó detenidamente en su cara, con una mirada inquisitiva. Se puso a pensar. En los quince años que vivían juntos, nunca demostró una tendencia a probarse algo de mujer ni tampoco a tener una actitud más femenina que masculina. Es más, en su cuidado personal, se comportaba como cualquier otro hombre, con los elementos básicos para su higiene corporal y ropa suficiente para vestirse decentemente. No tenía nada llamativo en su apariencia. Algunos fines de semana no se afeitaba y sólo iba al peluquero porque en su trabajo tenía que estar presentable. Mmm, no, algo no cuadraba.

Sin que se diera cuenta ni despertarlo, se acercó para oler su pelo y su piel. No notó ningún perfume de mujer ni tampoco encontró brillos en su piel, de esos que abundan en los locales nocturnos. Parecía que realmente venía de la oficina.

Decidió avanzar con cautela, sin tener que enfrentarlo. Sabía que, si lo encaraba de frente, podía tener una pelea y el resultado sería que él se ponga en una actitud a la defensiva. Lo mejor sería averiguar más por su lado y, cuando ya tenga las cosas averiguadas, podría recién tener una conversación más tranquila y productiva. En otras palabras, tenía que comportarse lo más profesionalmente posible, haciendo uso de sus habilidades como abogada e investigadora.

Así, resolvió averiguar lo antes posible qué era lo que había pasado. Al día siguiente, que era jueves, salió de su oficina a las cuatro y media de la tarde y se dirigió a esa casa de citas al otro lado de la ciudad. Ya disponía otra vez de su auto, que lo habían arreglado ahí mismo en el parqueo de la oficina.

Llegó aproximadamente a las cinco de la tarde. Parqueó un par de casas más allá, para que no se notara mucho su presencia, y esperó un momento para ver si había alguna actividad, viendo por el espejo retrovisor. Evidentemente la señora que la había ayudado salió para barrer la acera. Estela salió de su auto y se acercó, saludándola y diciéndole que pasaba para agradecerle personalmente por la ayuda que le dio, que sin ella no habría podido llegar a su casa a tiempo.

—No hay porqué —respondió la señora—, es nuestro deber ayudarnos unos a otros, ¿no piensa usted así?

—Sí, claro que sí. Mi nombre es Estela, ¿y el suyo?

—Doris. Aquí las niñas me llaman Mamá Doris. Mucho gusto, señora Estela.

—El gusto es mío. Le cuento que me quedé con la curiosidad de ese show que hicieron para ese cliente, me habría quedado más tiempo para ver, pero ya no pude porque la grúa llegó.

—Ah, si. Creo que usted salió justo cuando estaba llegando don Felipe, ¿no? En realidad, ese es nuestro cliente. El otro, el que bailaba, era un amigo de él, que perdió una apuesta o algo así

—¿Una apuesta?

—Sí, pero parece que él no disfruto mucho. Justo después que usted se fue llegaron unos amigos de ellos y le hicieron bailar más con las chicas, riéndose mucho a su costa. Se enojó, el pobre. Les dijo unas palabrotas, se bajó del escenario, se cambió y se fue, sin tomar nada.

—Ay, pobre —dijo Estela, un poco aliviada de que no era cierto todo lo que se había imaginado. Eso explicaba porqué él volvió temprano y no tenía ningún olor extraño esa noche, ni siquiera a alcohol.

—Sí, no estaba a gusto —continuó la señora—. Pero después sus amigos se quedaron hasta media noche, tenían todo el local para ellos, consumieron mucha cerveza y todas las chicas que bailaron hicieron pieza con ellos, se ganaron su buena platita. Fue un buen día. La propietaria le dijo a don Felipe que cuando quiera puede repetir, que será bienvenido y que podría hacerle descuentos especiales.

Justo cuando la señora terminaba esa oración, se acercó a ellas un hombre flaco, de mediana estatura, unos cuarenta años, lentes gruesos de vidrio verde, de barba descuidada y un terno algo sucio y corroído. Sus pantalones le quedaban grandes, se veía en su botapié, que tenía tela que le sobraba. Sus zapatos eran negros sin lustre, bastante ajetreados.

—Doña Doris, ¿ya llegó la Candy? —le preguntó un poco agitado—. Estoy un poco atrasado.

—Don Diputado, cómo está. Sí, le está esperando adentro. Se la ve todavía un poco triste, me preocupa la chica, no la vi bien el otro día, a ver si usted la puede ayudar.

—Sí, sí, para eso estoy. Voy a entrar, permiso.

—Siga usted.

Estela se quedó intrigada por esa visita.

—Disculpe, ¿quién es él? ¿Es un diputado? Porque no lo reconozco.

—No sé su verdadero nombre, se hace llamar diputado. Cuando le pregunté, me dijo: “Porque soy un tipo de putas, por eso soy un di-puta-do».

—Jaja, es gracioso, di-puta-do. Tiene sentido de humor.

—Lo raro de él es que casi nunca hace pieza con alguna chica, solo si le gusta mucho. Más que todo le gusta charlar y aconsejar.

—Vaya, qué interesante.

—¿Interesante? No, raro. ¡Qué se traerá entre manos! No confío en tipos así. Pero, disculpe, ni le invité a tomar agua. ¿No quiere pasar un rato? Hace un poco de calor —, dijo la señora.

Estela consultó su reloj. No tenía mucho que hacer ese día: los chicos estaban con la niñera, que se queda hasta las siete de la noche, y su marido vuelve a casa aproximadamente a esa hora. Sí, podía quedarse un poco más.

—Bueno —le respondió—, pero no me puedo quedar mucho.

Entraron a la casa y se sentaron en el comedorcito que está a la izquierda. de la puerta principal. La señora fue hasta el salón del patio de atrás y trajo una botella de Coca Cola con dos vasos de plástico. Sirvió el refresco y se sentó.

Como para iniciar alguna charla, Estela le preguntó a la señora por esa chica, la tal Candy, que iba a hablar con el “señor” diputado (le causaba mucha gracia ese nombre). ¿Qué le pasaba a ella?

—Ay, señora, esa chica me da mucha lástima. Hace dos meses que ha llegado de provincias y todavía no se acostumbra, extraña a sus papás, a sus hermanas. Cuenta que allá en su pueblo era muy feliz, su familia de pocos recursos, pero muy unida. Tuvo que venirse a la ciudad para estudiar, pero como no le alcanza la plata, terminó en este lugar. Es la que menos cobra, así que después de pagar a la propietaria por la pieza, no le queda mucho para vivir. Así que está un poco decepcionada también.

—¿Ah, sí?

—Sí, todas las noches llora, ya no sé cómo consolarla. Dice que está enamorada de un compañero suyo de colegio, recién salieron el año pasado, y él cada día le envía un mensaje por WhatsApp para preguntarle cómo está, que la extraña. Una vez me contó que apenas terminó de hacer pieza con un cliente, cuando estaba todavía con los olores y sudores de ese tipo, vio su celular y había un mensaje de él, diciéndole cuánto la extrañaba, que se moría por verla para acariciar de nuevo su cabello y verla a los ojos para decirle lo que nunca se animó a decir, que la amaba. Y ella que estaba ahí, tirada en esa cama sucia, sintiéndose sucia. Le vino una crisis terrible, lloró y lloró y no había cómo consolarla. El diputado estaba en el salón, solo, tomando un trago. La escuchó y fue inmediatamente a ver qué pasaba.

—¿Cuándo pasó eso?

—El sábado pasado, hace cinco días. La pobre estaba en una crisis muy fuerte, casí no podía hablar. Las otras chicas tampoco pudieron calmarla. Como estaba ya perjudicando el negocio, la propietaria le pidió que se salga de allí, que si no aguanta el oficio entonces que se busque su vida en otra parte, pero que no perjudique. Una de las chicas, creo que era la Lorena, una baja y petisa, la ayudó a salir de la casa y la acompañó a su casa, porque estaba desamparada. No supimos más de ella. Hoy la Lore nos puso un mensaje en el grupo para decirnos que Candy vendrá a las seis a hablar con el Diputado, tal vez él la pueda ayudar a superar su crisis. Dicen que él es muy bueno escuchando y aconsejando, a mi no me consta, pero eso dicen.

A Estela no le llamó mucho la atención la historia de la muchacha. Como abogada, había oído miles de historias parecida a la de ella: la pobre chica del campo que se prostituye en la ciudad. Las fuertes, sobreviven y persisten en el oficio. Las que no pueden, se vuelven a sus pueblos o desaparecen en la urbe, quien sabe adónde irán a parar. A algunas les va bien, a otras no.

En fin, nada del otro mundo.

Pero ese tipo, el que se hace llamar “Diputado”, ese sí le llamó la atención. O es un cínico vividor que se aprovecha de las chicas vulnerables, o es un fanático evangélico que se da el trabajo de mimetizarse entre la clientela para “salvar almas” y convertirlas a la «fe verdadera», o tal vez es simplemente un periodista encubierto que está recopilando historias para su próxima publicación de prensa amarillista. Tal vez valga la pena escucharlo un poco, para sacarse la curiosidad.

No quería dar la impresión a la señora que se interesó en conocer a este personaje, así que se le ocurrió decirle que le llamó la atención lo bien cuidado y arreglado que estaba el salón.

—Lo vi bien cuidado y limpio. Pero creo que podría hacer algunas mejoras. Si me permite, le digo cuáles serían, así de alguna manera retribuyo el favor que me hicieron ayer.

—¡Claro que sí! —respondió la señora—, cualquier sugerencia para mejorar el local nos va a servir mucho.

Recogieron los vasos de la mesa y la botella de Coca-Cola y se fueron al salón, cruzando el patio trasero.

Cuando entraron, vieron que las luces generales estaban prendidas. El “diputado” estaba conversando muy calladamente con una chica joven, que se la veía muy linda, pero de hombros caídos, cabeza gacha y brazos cruzados. Algo le estaba diciendo él que aparentemente a ella no le convencía, por eso tenía un lenguage corporal tan a la defensiva.

Dejaron los vasos sobre el bar y empezaron a dar una vuelta dentro del local. Revisaron el color y la textura del empapelado, las lámparas colgadas sobre las pareded, las lámparas atornilladas a las mesitas, las luces de neón, e incluso las cortinas del fondo del escenario. Si había algo que Estela sí sabía hacer, era decorar casas. Le encantaban los detalles finos y, según ella, ese local podía mejorar. Le llamó la atención que, a pesar del rubro y el tipo de clientela que tenía el local, habían elementos instalados en el salón que sugerían que la dueña del lugar tenía un nivel cultural algo elevado, por el tipo de material que escogió para decorar.

Mientras daban la vuelta por el salón, Estela estaba muy atenta a lo que sucedía entre el «Diputado» y la jovencita de provincias. Quería saber qué clase de personaje era él, porque eso de ir dando consejos o hacer de terapeuta de putas no le convencía, ningún hombre común haría eso, a no ser que tuviera una agenda oculta.

Justo cuando estaban terminando de revisar todo el salón con doña Doris, pasaron por donde estaba el Diputado con la chica, quien acababa de levantarse para irse. Se la notaba todavía compungida y confusa, tanto así que ni siquiera se despidió.

—¿Todo bien? —preguntó Estela al Diputado, quien se encontraba sentado y pensativo.

—Mmm, no —contestó, respondiéndole como si se trataran de viejos conocidos—. Esta chica no va bien, no va a aguantar aquí otro fin de semana sin que le venga otra crisis.

Doña Doris, que oyó esta conversación, le hizo una seña a Estela para que la siga, haciéndole señas de que era mejor no escucharlo. Se notaba que no le tenía ninguna voluntad ni simpatía.

Pero Estela decidió ignorarla y continuó con la conversación, ella parada, mirando hacia abajo, y él, sentado, apenas levantando la vista para verla.

—La veo muy triste —, dijo Estela.

—Sí, está con una fuerte depresión. Eso espanta a los clientes, la propietaria del local no va a dejar que se quede.

—¿Entonces?

—Pues nada, le dije que si quiere seguir con este trabajo, va a tener que hacer sus sentimientos a un lado y poner su mejor cara. Este es un negocio de servicio a las personas, no es un trabajo de oficina. Y para que las personas estén felices, se les tiene que dar la atención y, sobre todo, poner cariño al servicio. Las jetas largas en este negocio no funcionan.

—Disculpe, es la primera vez que vengo aquí. ¿Usted es el administrador o algo así? ¿Por qué le interesa tanto cómo ella se siente?

El Diputado alzó la mirada, despacio y en silencio, esta vez para verla más detenidamente. Estela se sintió un poco invadida por esa mirada algo peturbadora, como inquisitiva. No se sintió cómoda.

Sin responderle y sin movimientos bruscos, se paró. Había algo en él, como una tranquilidad y una paz algo difícil de describir. Se arregló un poco la ropa y la miró nuevamente.

—¿Cuál es su nombre? —le preguntó.

—Estela, señora Estela.

—Mucho gusto. Espero verla pronto otra vez por acá. Tenga usted buenas tardes.

Y, sin más, se dio la vuelta, caminó rumbo a la puerta y salió del salón.

Estela se quedó un poco desoreintada. Este señor no se comportó necesariamente grosero, a pesar de que no dio su nombre ni esperó que le responda, simplemente se dio la vuelta y salió, dándole la espalda. Había algo raro en él, algo llamativo, pero que había que darse cuenta de eso. Una persona sin sensibilidad lo habría tomado como un acto de grosería, simplemente. Pero no, había algo más…

La señora, viendo que Estela se quedó como petrificada, vino a su rescate y le tocó el codo.

—¿No le dije que este señor es un poco raro? Es grosero, maleducado, fisgón y …

—¿Tacaño? —acotó Estela.

—No, debo reconocer que no es tacaño. Consume bien y deja buenas propinas. Incluso paga a las chicas su hora de pieza, pero sin ir a la pieza, sino para que se queden a charlar con él.

—Bueno, eso sí que es extraño.

—No confío en él —afirmó la señora—. Ese su chistecito de hacerse llamar “diputado” ya me cae mal.

Estela vio que ya no había mucho más que hablar, así que agradeció a la señora por toda su atención y por haberla ayudado el día anterior. Ella le contestó que fue un gusto, que para eso estamos los seres humanos, para ayudarnos unos a otros, no para hacer la guerra ni para hacer el mal.

—Cuando quiera, puede volver —, le dijo al momento de despedirse.

Justo cuando Estela se dio la vuelta para enfilar hacia la puerta, un gato saltó desde el piso, delante suyo, a la barra. Ella pegó un grito de susto. Una vez sobre la barra, el gato se sentó y la miró. Tenía un ojo celeste y el otro marrón. Su pelaje era una mezcla de blanco con café claro. Era muy lindo.

—Ay, esta gata, disculpe usted, es que tiene esa maña de aparecerse de la nada y asustar. Ya me la hizo varias veces.

—Es muy bonita su gata, ¿cómo se llama?

—Muñeca, es la mascota de todas las chicas. Es muy buena cazadora, espanta a todos los ratones y otros bichos.

—Ah, bueno, hasta luego señora, será hasta otra oportunidad.

Ya en su auto, en medio del tráfico, Estela recordó la mirada de ese “diputado”, era un poco intrigante. Y eso de que él pague a las chicas solo para charlar, no para acostarse con ellas… Bueno cada loco con su tema.

Y sin embargo, había algo…


PRÓXIMO CAPÍTULO: UNA APUESTA


Este es un cuento de ficción. Cualquier parecido a una persona o situación que conozcas es pura coincidencia.

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Escrito por

Cada historia que escucho es como si fuera mi propia historia. Y en cierta forma, es la tuya también. Al leerlas, espero que lo sientas así.

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