El Nido de las Piratas – Capítulo 3: Una apuesta

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Ese fin de semana, Estela gozó de su familia. Salió de viaje con su Adrián y sus hijos a la estancia de unos amigos en las afueras de la ciudad. Rieron mucho, los niños jugaron en la piscina y en la noche, después de una rica cena con mariscos, hicieron el amor con amor… y con muchas ganas. Si alguien dijo que los mariscos son afrodisíacos, pues tenía razón: no fallan. Hace tiempo que Estela no se había sentido tan plena y feliz.

Volvieron a casa al final de la tarde del domingo. Los niños se durmieron profundamente en el auto, así que, al llegar, hubo que alzarlos, ponerles sus pijamas y meterlos a sus camas. Estaban rendidos de tanta actividad y sol.

En el dormitorio, ya acostados sobre la cama viendo televisión, Adrián preguntó a Estela cómo había resultado su cumpleaños el jueves pasado, ya que no tuvieron tiempo de charlar sobre ello. Ella sonrió, pensando por dónde empezar…

—Bien —le respondió—. Tuve esa avería con mi auto al salir de la oficina, por eso me presté el auto de Verónica para recoger la torta y traer las cosas a la casa para la cena. Pero como se me complicó un poco por el tráfico, pedimos algo de comida china por delivery, por hacer un cambio.

—¿Comida china? Pero si a tus amigas fifís no les gusta esa clase de comida.

—Se tuvieron que aguantar.

—Ya me imagino la cara de… ¿cómo se llama esa que se cree una princesa?

—Ah, sí, Ale. Le hicimos algo de bullying, con eso se calmó.

—Jaja, me imagino. ¿Y qué tal el auto de Verónica? Me acuerdo de él, alguna vez lo ví, es un poco destartalado. ¿Tenía aire acondicionado? Porque está haciendo mucho calor. A propósito, no lo vi. ¿Se lo devolviste antes de venir a casa?

—Ah, es que el auto de Vero se descompuso, se rompió el eje o algo así, por meterme a una calle con huecos.

Estela decidió alargar la descripción lo más posible, así se divertiría un poco.

—Uy, qué pena! ¿Y como lo solucionaste? ¿Por qué no me llamaste?

—Te llamé dos veces, pero no contestaste nunca. Tuve que pedir un auxilio mecánico. Por suerte una señora que estaba barriendo la calle me ayudó, con este calor que hacía. Me hizo pasar adentro de su casa para que la torta helada no se derritiera.

—¡Qué bien, qué amable la señora! ¿A qué hora fue eso?

—A las cinco y media, más o menos. Fue algo curioso, la señora me llevó a la parte de atrás de la casa donde había un salón de baile, porque ahí estaba el refrigerador.

—¿En un salón de baile?

—Sí, esto era por esa zona de la ciudad donde hay varias fábricas, la calle es angosta. Tuve que irme por ahí porque había mucho tráfico por la avenida principal. Esta señora me llevó al salón, encendió las luces, me dio una mesa en una esquina y me dijo que podía esperar ahí. Lo que no me esperaba…

Estela hizo una pausa, para alargar un poco la agonía del relato, que cada vez interesaba más a Adrián.

—¿Qué cosa no esperabas?

—Pues, que sea un putero, así, simple y llanamente, era un putero, con su pequeño escenario, sus luces de neón de mal gusto, sus mesitas con lámparitas atornilladas. Sin embargo, era un lugar bien mantenido, limpio, con algunos detalles interesantes de decoración. Tú sabes que me fijo mucho en eso.

—Sí, eres algo obsesionada con la decoración, me consta.

—Me enteré de que estaban esperando a un cliente especial que había alquilado el local para un evento privado.

Estela lo miró a los ojos, a ver si tenía alguna reacción. Notó que se puso un poco nervioso.

—Cómo es eso, un evento privado.

—Sí, fíjate, un evento privado. Llegaron las chicas, después llegó ese cliente que se vistió como ellas. Justo ese momento la grúa me avisó que había llegado, así que tuve que salir.

Adrián no contestó nada, había como un silencio algo cortante en el ambiente.

—No me detuve a ver quién era ese cliente —continuó Estela—, no me importó. Pero al salir, casi choco con un hombre grande y gordo, que me pareció conocido. Me paré en el pasillo que va hacia la calle, me di la vuelta y reconocí a ese tu amigo de parranda, al Felipón. Me dio un golpe de curiosidad, me acerqué a la puerta y adiviná quién era el del show, vestido con ropa de vedette.

Silencio sepulcral.

—¡¡Eras tú!! ¡¡Mierda, eras tú!! ¿¿Me puedes explicar qué carajos hacías allí?? ¿Eres gay o algo así y yo no me he enterado en todos estos años de matrimonio? ¿O te gusta vestir con ropa de mujer? ¡A ver, explícame, porque esto lo necesito saber!

Aunque Estela ya sabía la respuesta, porque la señora del local le había que explicado que era una apuesta, no podía desperdiciar la oportunidad de hacerle sentir un poco mal dando explicaciones. El jueguito de poder dentro del matrimonio todavía no había terminado. De todas maneras, quería saber de boca de él qué era lo que había sucedido.

Adrián sonrió, se le iluminaron los ojos, bajo la cabeza moviendola de un lado a otro, alzó la mirada y preguntó, un poco con rabia:

—¿Coordinaste toda esta perorata con Felipe? Porque ese hijo de su puta madre es capaz de involucrarte a ti más con tal de hacer cumplir la apuesta hasta lo último. Sería demasiada casualidad que justo llegues a ese único local para ver ese estúpido show. No me la creo. A ver, contestá, ¿hablaste con ese pendejo? Respondé.

—¿Apuesta? ¿De qué hablas? Por supuesto que no tengo nada que ver con ese tu amigote, apenas lo veo y saludo cuando se reúnen. ¿Qué pasa?

—¿Seguro? Es demasiada casualidad.

—Pero, ¿de qué hablas? ¿Qué pasó? Ya me estás asustando.

—Bah, es una pendejada. El domingo pasado salí todo el día porque fui a pescar con ellos, ¿recuerdas? A la hora de volver, cuando empezaba a oscurecer, empezó una discusión estúpida sobre qué es ser valiente. Unos decían que ser valiente era tomar riesgos consciente y voluntariamente, mientras que otros decían que ser valiente era sobreponerse a lo que te pasa que no está bajo tu control. Felipe y yo estábamos en ese grupo.

—¿De los que dicen que ser valiente es sobreponerse?

—Sí. Los del otro bando nos pusieron entonces una prueba a nosotros dos. Uno debía hacer al otro algo que le pueda asustar o doler sicológicamente. De ahí todos verían si realmente uno es valiente, al reponerse de lo que sea que le pase. Aceptamos la prueba.

—Aha, ¿y?

—Pues nada, empecé yo con la idea. Sé que Felipe, así grande como lo ves, tiene terror a la oscuridad y al silencio. Entonces, antes de irnos, lo atamos a un árbol, parado y con las manos atrás. Como ya estaba anocheciendo, iluminamos todo con las luces de mi auto, que quedó al frente de él. Antes de irnos y dejarlo ahí, se me ocurrió algo, que creo que me excedí. Viéndolo atado al árbol y frente a mi auto, encendí el motor, lo aceleré, y partí violentamente hacia adelante, haciendo chirriar las llantas. Frené a unos centímetros de sus rodillas. El tipo estaba pálido. Antes de alejarnos, le oí decir: «¡¡Vas a ver, carajo, hijo de puta, me la vas a pagar!!». Dos horas después lo recogimos. Seguía pálido, no sé de cual susto, del auto o de la oscuridad.

—Eres cruel, pobre Felipe.

—Sí, creo que me excedí. Bueno, su venganza fue también bastante fuerte. Todos saben que no me gusta hablar en público ni subirme a los escenarios. También saben que no me gustan las putas, eso de que se acuesten con cualquier tipo es francamente asqueroso. Y también que detesto a los maricas. Pues Felipe usó todo eso para armar un show en un putero del que él es cliente. Y llamó a todos los amigos para que vean lo que bailo. Fue súper humillante. Tuve que aprender una coreografía, vestirme como una de ellas y después hacer el show. Se divirtieron horrores a mi costa. Incluso Felipe quiso ponerme un billete de un dólar en una liga de la pierna. Aguanté lo que pude y después me salí, pero cumplí.

—Pues sí que te hicieron pagar la apuesta, ¿no? ¡Si hubiera sabido eso, me habría quedado más tiempo para verte!

—Sí, chistosita, fue dificil. Todavía no me repongo.

—¿Y qué tal la experiencia de compartir con las chicas? Para mí, eso es un trabajo nomás, acostarse con otros hombres. Esa es una versión de prostituirse, pero hay otras maneras también.

—Bah, no me vengas con tus «definiciones» de abogada, no me interesan. Ser puta es ser puta nomás, no hay vuelta. Lo que sí, tratar con ellas no había sido tan malo. En algún momento, mientras estábamos ensayando los pasos, hasta me divertí un poco. Una de ellas, la petisa, la que nos guiaba, tiene mucha personalidad y humor. Lo feo fue aguantar las burlas de los amigos, fue algo humillante.

Se quedó en silencio. Estela tuvo un poco de pena por él. Para no hacer la escena más pesada, le dijo, con una sonrisa burlona:

—Bueno, está bien. Te creo. Eso sí, tengo que admitir que te veías muy bonita con esa falda y los zapatos de taco, pero a la próxima aféitate las piernas.

—¡Andate a la mierda! – se rió Adrián, y le dio un almohadonazo. Elle le respondió con otro. Así la tensión del momento se quebró y se rieron de todo lo ocurrido

Con todo ya aclarado, Estela pudo dormir tranquila. Al final, había sido sólo una apuesta de machotes no tan machitos.


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Este es un cuento de ficción. Cualquier parecido a una persona o situación que conozcas es pura coincidencia.

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Escrito por

Cada historia que escucho es como si fuera mi propia historia. Y en cierta forma, es la tuya también. Al leerlas, espero que lo sientas así.

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