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Al día siguiente, lunes, aclaradas las cosas con su marido, ella se dispuso a empezar una semana como las otras. Llego a su trabajo, siguió atendiendo las llamadas de la vieja bruja de la compañía de seguros y despachó todo el papelerío que tenía pendiente.
Y así pasó el martes y el miércoles también. El jueves, el trabajo se puso un poco flojo, ya no había mucha presión de procesar papelerío, así que Estela decidió salir un poco más temprano para tomar un descanso de tanta presión. Su jefe le dio permiso. Se subió a su auto y estaba dirigiéndose a la peluquería, cuando se le ocurrió una idea. ¿Qué tal sería volver a ese lugar de citas para charlar otra vez con la señora? Le caía bien, se la notaba como una persona de buen corazón. Por ahí hasta se encontraba con ese tipo raro, el «señor Diputado», que se hacía pasar por terapeuta.
Entonces: ¿ir a la peluquería y charlar con las mismas personas de siempre sobre los mismos chismes de siempre? ¿Y después seguir con la rutina de casa? ¿O hacer algo diferente, como conversar con personas que no tienen nada que ver con su entorno? Por puro aburrimiento, decidió lo segundo, la haría salir de su entumecimiento social.
Se dirigió entonces al otro lado de la ciudad, a la zona industrial. Parqueó el auto en la acera del frente, un poco más allá de la puerta de entrada de la casa, para que no parezca tan obvia su presencia. Esperó unos quince minutos para ver si la señora de la limpieza aparecía. Como no salía nadie de la casa, salió de su auto y se acercó, algo sigilosamente, al frente de la casa.
Llegó hasta la reja y miró encima de ella. La puerta de la casita de adelante estaba abierta, se podía ver el pasillo que llevaba hasta el patio trasero que daba al salón. No había nadie. Se acordó que sólo abren los viernes y sábados, así que ya se disponía a irse cuando justo llegó una mujer que la vio que miraba hacia adentro.
—Buenas tardes —le dijo ella—, ¿en qué le puedo ayudar?
—Buenas tardes —respondió Estela—, busco a la señora Doris, no sé si está acá.
—Se ha debido marchar ya, pidió permiso para irse más temprano, tenía que cuidar a su nieto o algo así. ¿Es por algo en especial?
—No, es que hace una semana vine por acá y la señora me ayudó, porque a mi auto se le reventó una llanta. Fue muy amable, tenía una torta helada que se estaba derritiendo y me ayudó a mantenerla fría mientras llegaba la grúa.
—Ah, sí, me comentó algo de usted, también vino al día siguiente para agradecerle, ¿no?
—Sí, justamente. Y ahora estaba por el barrio y pensé que podía pasar a visitarla.
—Ah, que pena que no la encuentre. Pero ya que está acá, si quiere, pase a tomar un refresco, así no viene en vano. Soy la propietaria del local, así que podemos charlar tranquilamente, no tengo nada planificado para esta noche.
—¿Usted es la dueña del lugar? Ah, mire, qué interesante, me encantaría charlar, claro que sí, yo tampoco tengo programa. Mi marido vuelve pronto a casa y él se puede ocupar de los chicos.
—Pase por favor. ¿Cómo se llama?
—Me llamo Estela, mucho gusto. ¿Y usted?
—Esther, Esther Gómez, pero las chicas y la clientela me conocen como Cassandra, que es mi nombre de batalla, si me entiende.
—Claro que sí, la entiendo. Es un nombre interesante, ese de Cassandra, viene de la mitología griega. ¿Cómo lo escogió?
—Ah, ¿usted sabe de mitología griega? Parece que vamos a tener temas de qué charlar. Pasa que me parezco a ella, muchas veces sé que las cosas van a suceder como las preveo, pero nadie me hace caso y creen que estoy loca. Ya me acostumbré. Pero a los clientes les gusta ese nombre, se oye exótico, así que cada vez me gusta más.
Estaban ambas en esta charla mientras cruzaban la casa y entraban al salón. Cassandra encendió las luces y le pidió a Estela que se ponga cómoda, señalándole una de las mesas. Le sirvió un vaso de refresco y se dio una vuelta por todo el salón, verificando que esté todo en orden. Justo en ese momento apareció Muñeca, la gata blanca y café, muy pancha, que se subió a la mesa donde Estela estaba sentada. Quería caricias, así que empezó a ronronear apenas ella le tocó. Cassandra notó la presencia de la gata y se acercó a la mesa.
—Ah, te estaba buscando —le dijo—, ¿alguna noticia? ¿Encontraste algún ratón?
—Es una linda gata —notó Estel —, y muy mimosa.
—Sí, es el recuerdo que tenemos de Alejandra, una de las chicas que trabajó aquí. Era muy querida por todas. Tuvo la suerte que uno de los clientes se enamoró de ella y se la llevó al exterior. Como no podía llevarse a la gata, nos la dejó.
—Dicen que los gatos escogen a sus dueños, no que los dueños escogen a los gatos.
—Si es así, entonces Muñeca nos adoptó a nosotras. Tal vez sintió que necesitábamos alguna ayuda. ¿Le gustan los gatos?
—Sí, me encantan. En mi casa tengo dos hembritas, ya esterelizadas, porque así no hacen bulla.
Y así, Cassandra y Estela se pusieron hablar de los gatos, de cómo supuestamente limpian los ambientes, de cómo sienten que alguien necesita apoyo y se acercan, de su ronroneo, de sus personalidades. De alguna manera, sin saberlo, ambas crearon un vínculo. Se cayeron bien.
Por otro lado, Estela estaba acostumbrada a hablar con completos desconocidos y, ya sin sorprenderse, siempre encontraba que tenía algo en común con todos ellos. Alguna vez que le preguntaron qué era, ella respondíó que creía que se trataba de la esencia humana, que todos tenemos lo mismo en nuestra naturaleza, que solo hay que saberlo reconocer y no tener miedo.
—Y, Cassandra, dígame, ¿cómo así es usted propietaria de este local? Porque, discúlpeme que le diga, no tiene pinta de… —no sabía cómo terminar la oración, sin ofenderla.
—¿De “madame”? Jaja, no se preocupe, ya me lo dijeron otras veces. Incluso me confunden con ser una de las chicas que dan el servicio. Y algunas veces sí lo hago, cuando veo que hay un el cliente guapo o interesante. Hasta hacemos pieza, es divertido.
—Pero, usted, cuántos años tiene?
—Treinta y seis.
—Es joven todavía.
—Sí, supongo. Y usted?
—Acabo de cumplir treinta y siete, eso fue la semana pasada, el día que llegué aquí por casualidad con mi torta helada.
—Ah, si, pues tremendo regalo de cumpleaños!
—Ni se imagina —respondió Estela, riéndose para sus adentros, acordándose de cómo encontró a su marido en ese local bailando con ropa de vedette.
—Tiene hijos?
—Sí, dos, son niños todavía. ¿Y usted?
—Sí, una, que es adolescente y vive con su papá. Soy de las felizmente divorciadas, me gusta tener libertad, detesto a los hombres celosos y absorbentes, me asfixian. Además, entre mi trabajo y esta actividad que tengo, sería imposible….
—¿En qué trabaja usted?
—Ah, sí, soy abogada, del área social. Trabajo en una ONG que defiende los derechos de la mujer. Es un trabajo muy agotador, se ve cada caso… Me absorbe mucho tiempo, y muchas veces termino el día agotada, de tanta energía negativa que cargo de otras personas.
Estela se quedó pasmada. No podía creer lo que oía. Esa mujer trabajaba en una ONG de defensa a los derechos de la mujer en el día… ¿y administraba un putero de noche? ¿¿Qué clase de doble vida es esa?? Para no caer en juicios de valor y con que la tal Cassandra no se ponga a la defensiva, trató de mantenerse serena, siguiendo la conversación como si nada.
—Caramba, qué coincidencia. Yo soy abogada también y somos casi de la misma edad. ¿Cuál es su especialidad?
—En realidad me inicié en el área penal, pero no me gustó porque hay mucha suciedad ahí. No aguanto tener que defender a tipos que sé que son criminales. El área de familia es más, cómo decirlo, más solidaria y más humana también. ¿Y usted?
—Soy abogada del área civil, me especializo en contratos corporativos. Trabajo en un bufete en el centro de la ciudad.
—Caramba, resultamos ser colegas.
—Sí.
—Bueno, le decía, al salir de la universidad empecé a trabajar como asistente en la fiscalía de defensa de la mujer, como que me especialicé en eso. Estuve allá diez años. Veía todo tipo de casos. Ahí conocí a mi esposo, que era abogado del área también. Nos casamos y tuvimos una hija. Después vino un cambio de gobierno y me echaron de allí. Justo coincidió con el fallecimiento de mi padre y después una crisis de mi matrimonio, como que vino todo al mismo tiempo.
—Sí, esas cosas pasan. Conozco varios casos donde todo lo malo viene al mismo tiempo, es como si Dios nos pusiera a prueba y que no seamos tan presumidos.
—Tal vez sea como usted dice. Bueno, mi falta de trabajo y la depresión que tuve no ayudaron en mi relación con mi esposo. Él se buscó alguien más y ese año también me divorcié. Tuvimos unas feas peleas por la tenencia de la niña. Encontré un trabajo en una ONG, en la que trabajo ahora, y me dediqué 100% de mi tiempo a ella. Descuidé a la niña. Al final acordamos con mi esposo que ella tenga su custodia, ya que su mujer es de las que se queda en casa y podría atenderla mejor que yo.
—Vaya…
—Sí, mire, aquí estoy contando mi vida a una perfecta desconocida, parece que necesitaba hablar nomás.
—Y dígame, este lugar, esta actividad, cómo llegaron a su vida?
—Ah, eso. Esta era la casa de mis papás, donde nos criamos con mis hermanos. Mi cuarto queda al frente de la cocina, como detrás del comedor. Esta parte era un patio que tenía un árbol enorme. Cuando mi mamá falleció, hace muchísimos años atrás, mi papá no se quiso mover de esta casa. Pero ya cuando él falleció, tuvimos que decidir. Como yo no tenía un lugar para vivir, acordamos con mis hermanos que yo me quedaría con esto, y ellos se quedaron con unos terrenos que tenía mi papá. Creo que salí perdiendo, porque esos terrenos valen ahora mucha plata, pero en ese momento yo necesitaba un lugar donde vivir, así que me quedé aquí.
—¿Y de cómo se le ocurrió construir este local? Porque es un buen trecho que usted recorrió, un poco inexplicable.
—Ya me imagino lo que debe estar pensando: «¿Cómo se convirtió de abogada defensora a madame de un putero?» La respuesta es fácil: fue gracias a Dolores.
—¿Dolores? ¿Quién es o qué es?
—Dolores es una madame de la vieja escuela que conocí en la fiscalía. Nos hicimos amigas después que la ayudé a salir de un problema que tuvo con una de sus pupilas, que la demandó injustamente. Algo que aprendí es que la vida tiene muchos matices, si nos ponemos a criticar sin ver el punto de vista del otro, terminamos encasillados. Dolores fue quien me ayudó y me guió en un momento que estaba completamente sola, a ella le debo mucho. Si tiene tiempo, le puedo contar algo de cómo me ayudó.
Estela vio su reloj. Ya eran casi las siete, sería mejor volver a casa. Quedaron que se verían otra vez para seguir conversando, así que intercambiaron números de teléfono y se despidieron.
En el auto, Estela pensó en todo lo que había escuchado de la tal Cassandra. Había un montón de historias humanas fascinantes en este lugar, de gente que pasó por muchas situaciones extremas. Se puso a pensar en sus amigas o en la gente de su trabajo o que conocía dentro de su círculo social. La mayoría tenía historias más bien planas, de vidas protegidas y miedosas a los cambios, predecibles. Una que otra persona vibraba, pero la mayoría vivía una especie de letargo rutinario.
En algún momento, volvería al local para hablar con Cassandra. Eso está mucho más interesante que escuchar la letanía de conversaciones planas de sus conocidos.
PRÓXIMO CAPÍTULO: LA HISTORIA DE DOLORES
Este es un cuento de ficción. Cualquier parecido a una persona o situación que conozcas es pura coincidencia.
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