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Lilian, la dama de los cuarenta y ocho gatos

Tiempo de lectura: 19 minutos

Siempre me gustaron los animales. Cuando era niña me crie con ellos. En mi vida adulta me volví cada vez más sensible respecto a la condición de vulnerabilidad de los animalitos en la ciudad.

Me llamaba la atención que nosotros los humanos, cuando nos pasa algo, podemos hablar, hacernos entender. Nos quejamos ante el más mínimo dolor. Pero los animales no, y los veía desprotegidos.

Empecé a notar la presencia de gran cantidad de gatos abandonados, con hambre. Vi cómo la gente abría la puerta de sus casas para que sus perros vayan a hacer sus necesidades afuera en la mañana y los dejaban en la calle hasta la noche, arriesgando que los atropellaran o que se contagiaran de algún tipo de enfermedad.

Poco a poco empecé a traer animales a mi casa, para darles alimento y protección. Fue así que llegaron muchos gatos, de diferentes partes y bajo diferentes circunstancias. Y también acogí algunos perros, especialmente los viejos o atropellados que estaban tirados en la acera. A ellos los llevaba a la veterinaria para curarlos y después a mi casa para darles el cuidado y los medicamentos requeridos para su mejoría.

Yo soy psicóloga de profesión, paso el día a día ayudando a la gente a resolver sus problemas. El proteger a los animalitos abandonados fue para mí un llamado natural, tal vez una extensión de lo que ya hacía con los seres humanos.

Actualmente viven en mi casa cuarenta y ocho gatos y seis perros. Si hubieran sobrevivido todos los animales que he rescatado, tendría muchísimos más, pero se fueron yendo de a poco. Esta es la historia de esa convivencia, la que ya forma parte de mi vida.

En mi casa, los perros y gatos conviven en paz y armonía.

PARECE UN ASILO

Debo decir que mi casa parece un asilo, porque la mayoría de los gatos y perros que viven aquí están enfermos, viejos o recuperándose de un accidente. No se los puede dar en adopción, la gente no los quiere tener. Soy consciente de ello.

Este es Carloto, fue rescatado del techo de donde yo trabajaba, siendo todavía un bebé. Es bizco y muy huraño, no se deja tocar. No se lo pudo dar en adopción, y se quedó aquí.

A pesar de la cantidad de animales que hay acá, el lugar es muy silencioso. Todos los gatos están castrados y las gatas esterilizadas. Los machos no se pelean arriba en el techo, porque no hay ninguna gata en celo. Tampoco van a las casas vecinas para aparearse. He puesto mallas alrededor de la casa para que no pasen a otros tejados. Esa es la manera en que me manejo con el vecindario y funciona bastante bien, nunca tuve problemas con nadie.  

En esta casa vivo sola. Mis dos hijos mayores ya tienen su vida, mi hija menor a veces se queda a dormir. Dos veces a la semana viene una muchacha que me ayuda con algunos quehaceres. El resto del tiempo soy yo quien se debe ocupar de los animales: limpiar, levantar lo que ellos ensucian, vigilar su alimentación y llevarlos al veterinario cuando lo  necesitan. Es de nunca acabar. 

Martín presentó un hematoma en la oreja derecha, tuvieron que operarlo tres veces, pero se quedó con la oreja atrofiada. Su conducto auditivo está en buenas condiciones. Es un gato muy cariñoso y amigable.

ESTO NO ES FÁCIL

Calculo que gasto alrededor de 2500 dólares al mes por la alimentación, los medicamentos, la atención de veterinarios y el transporte de los animales. Todo esto lo financio con los ingresos que obtengo de mi práctica profesional. Alguna vez me llegan donaciones chicas, pero nada más.

La responsabilidad que me puse encima es enorme. Cuando se tiene un hogar para animales como este, se hace muy difícil delegar el trabajo en otra persona así nomás. No puedes decir: “Toma, continúa con esto porque yo ya me cansé”. Hay muchos seres vivos que dependen ahora de mí, y tengo que seguir cuidándolos mientras pueda.

Tengo sesenta y seis años, y cada vez me cuesta más estar a cargo de tantas responsabilidades. No puedo dejar la casa sola. Para evitar la hora de tráfico, salgo muy temprano por las mañanas a mi trabajo.  A mediodía vuelvo a casa, no solo para dar de comer a los animales, sino también para cambiar las aguas y hacer curaciones a los que lo necesitan. En la tarde, otra vez salgo para atender las consultas que tengo, hasta la noche. Todo esto lo hago en transporte público, ya que no dispongo de auto propio.

Mi vida social es casi nula, no me queda tiempo para ir a tomar un café con alguien, es imposible. Y tampoco puedo salir de viaje. Mis amigas son pocas y, si pueden, son ellas las que vienen, yo no puedo ir a sus casas. Una de ellas, por ejemplo, viene los domingos desde otro distrito de la ciudad, solo a traerme comida para los animales que compra del mercado. A veces llegamos a charlar no más de media hora, porque los domingos y algunos feriados también trabajo.

ALIMENTACIÓN

Para alimentar a los cuarenta y ocho gatos utilizo cuatro kilos de comida balanceada diaria. Compro bolsas grandes, de quince kilos, que cuestan algo más de 40 dólares, incluido el transporte. Esa bolsa dura hasta cuatro días, administrándola con cuidado. La última comida se las sirvo tarde en la noche y de ahí otra vez en la madrugada, cuando me levanto.

Patricio viene de una camada de ocho gatitos que fueron abandonados en una caja en la puerta de una iglesia. Después de muchas idas y vueltas, solo él y su hermana Patricia se quedaron en mi casa, los demás fueron dados en adopción.

Ellos se alimentan a la hora que quieren. No siempre les doy comida balanceada de bolsa, a veces les hago preparados caseros de olla. Les doy pollo con arroz, o hígado de vaca con arroz y verduras. Cuando hago un caldo a mediodía, lo dejo caliente en la olla y, cuando regreso más tarde del trabajo, se los doy en sus platos.

Los gatos comen de fuentes grandes e individuales. Ahí controlo quién está comiendo. Si alguno no se arrima a la comida, es porque puede estar enfermo. Es posible que tenga una infección urinaria, que no esté defecando porque le falta fibra, o que tenga una recaída de una enfermedad crónica. De cualquier manera, a ese que no comió lo vigilo más de cerca.

Ninina tiene deformación en la columna y en las patas de atrás. Es muy amiga de otra gata que se llama Kendra, son inseparables.

Además de los gatos en mi casa, también doy de comer a otros en el vecindario. Cuando llego en la noche del trabajo, me bajo del bus y doy de comer a tres de ellos que siempre están en el mismo lugar, a un par de cuadras de aquí. Se trata de una mamá con sus dos crías. Ella ya ha parido varias veces, pero nunca deja que la toque, lo que hace imposible llevarla a esterilizar. Saco comida de mi bolso que dejo allí para que se alimenten. Siempre llevo alimento para gatos conmigo.

En cuanto a los perros, todos los que están aquí son viejos. Ellos, por falta de dientes, no pueden alimentarse con las croquetas duras de la comida balanceada. Para que puedan tragar, esas croquetas las mojo con caldo caliente o agua caliente, y agrego otros suplementos que necesitan para su edad.

Denny es una perra sumamente tierna; acoge a todos los gatos como si fuera su mamá. Ellos se acuestan a su alrededor y, como es muy peluda y grandota, en invierno les da calor.

VETERINARIA

Cuando rescato a un animal, no puedo traerlo directamente de la calle. Lo llevo a la clínica veterinaria para que le hagan todos los análisis, que pueden durar dos a tres días y que cuestan desde 70 dólares, siempre y cuando se trate de un animal relativamente sano. Si llega a ser un animal atropellado, cuesta por encima de 400 dólares, ya que se le realizan varias radiografías para ver la columna, la cadera, las patas de adelante y las de atrás. También se le hacen ecografías para ver si no hay daños internos, además de los análisis de laboratorio.

Este se llama Hijo, era el perro guardián de una empresa ubicada en las cercanías de mi anterior casa. Fue atropellado, su mandíbula inferior se quebró y perdió todos los dientes delanteros. Sus dueños nunca se hicieron cargo de él, así que yo me ocupé de su recuperación. Es un perro algo gruñón, nadie le quita su lugar para dormir.

Algunas veces el animal debe quedar internado en la veterinaria. La internación cuesta alrededor de 20 dólares por día, o menos si te conocen. Cuando los animales están enfermos, por lo general no quieren saber nada de croquetas secas porque necesitan sentir olores más fuertes. Entonces, yo les preparo en mi casa algo de comer y se los llevo a la clínica.

Esta gatita se llama Nena, hace muchos años que vive con nosotros. Tiene un problema de calicivirus, que es un virus que ataca a los gatos. Ha tenido varios problemas de salud, como sarna y hongos. Se le cayeron todos los dientes, solo tiene las encías.

Uno de los casos que me costó mucho sacar adelante, por ejemplo, fue el de Muñeca, una gatita abandonada que recogí cuando tenía solo dos meses de vida. La llevé al especialista quien, luego de realizados los análisis, le diagnosticó leucemia. Le hicimos un tratamiento, aunque no pensábamos que iba a sanar.

Fui todos los días con ella a la veterinaria, durante varias semanas. Y sobrevivió, ahora tiene dos años. A ella no se la pudo esterilizar porque sus valores en sangre no permitían que entre a operación, y nunca se puso en celo porque sus hormonas no funcionan bien.

Esta es Muñeca, sobreviviente de leucemia.

MOMENTOS FELICES

Uno de los momentos más felices que tengo es cuando llego en la noche y mis gatos vienen a recibirme, alborotados. Saludo a los que están cerca de la puerta y, a medida que voy entrando, sigo hablando con los que veo en el patio. Llego a mi cuarto, me cambio de ropa  –porque hay que tener ropa de batalla aquí– y sigo compartiendo con quienes me siguieron.

Son espacios de comunicación que tenemos, de caricias, de alegría. Ellos vienen y se pasan por mi pierna, limpiando la energía negativa que traigo de la calle.

Una de las gatas que era más apegada a mí se llamaba Mumi. Siempre tuvo problemas de salud, era muy enfermiza. Fue mi gran compañera, por muchos años. Cuando yo llegaba a casa y ella veía que yo ya estaba cambiada, pedía permiso para subirse sobre mi hombro. Podía andar media hora o una hora ahí acomodada. Así se quedaba, alrededor de mi cuello, mientras yo hacía las cosas de la casa.

Mumi en sus últimos días de vida. Cuando yo llegaba a casa, ella se subía sobre mi hombro.

Mumi siempre tuvo un problema de defensas bajas, desde el día que fue rescatada. Varias veces la llevamos a la veterinaria, y salía de sus crisis. Pero llegó un día de esos en que se enfermó, y no se la pudo salvar. Ella ya no está conmigo físicamente, pero está en mi corazón. La amo profundamente.

LA EUTANASIA HUMANITARIA

Me acuerdo de muchos animales que he tenido que poner a dormir por una cuestión de humanidad. No se los podía dejar sufrir. Das todo lo que tienes, pones tu tiempo, gastas en atención médica, pero a veces ya no hay nada que hacer. Son momentos tristes.

Muchos de ellos ya llegan aquí con un problema de hígado o de riñones por todo lo que han comido. Estos son animales de la calle que se alimentaron con basura, con grasa, han pasado hambre, desnutrición. Sus defensas están bajísimas y agarran cualquier enfermedad. 

Me acuerdo especialmente de una perrita que se llamaba Flofy. Ella estuvo casi un mes con nosotros. Cada mañana la llevábamos a la veterinaria a recibir tratamiento, no la quisimos dejar internada. Llegó un día en que ya no se podía levantar, su insuficiencia renal estaba avanzada, se hacía pis encima y ya no nos escuchaba. Tuvimos que hacerla dormir. 

Con los gatos también pasa lo mismo. Hace unos veinte días tuvimos que hacer dormir a una gatita que era preciosa, se veía saludable. Un día apareció con un bulto en la barriga y a los dos días apareció otro bulto más. El análisis de laboratorio dio como resultado que tenía un tipo de cáncer en uno de sus órganos internos, y que ya había hecho metástasis a otras partes de su cuerpo. Ella ya tenía problemas respiratorios.  

En la eutanasia humanitaria, ellos se van sin darse cuenta porque se quedan dormidos, no hay ahogos, no hay nada. Eso he tenido que hacer con animales viejos o accidentados, atropellados. Algunos presentaban hemorragia interna y los huesos rotos. Por más que tú quieras, nada puedes hacer. No queda otra alternativa que hacerlos dormir, obviamente con un veterinario capacitado.

Este gatito fue rescatado de una veterinaria, donde sus anteriores dueños lo dejaron para que lo castren y nunca lo recogieron. Parece que tuvo un accidente antes, porque cada tanto tiene un comportamiento inusual y hay que medicarlo.

LAS PERSONAS QUE CUIDAN ANIMALES

Creo que las personas que cuidan animales tienen una sensibilidad más desarrollada,  una luz y un amor interior en ellas. Siempre están dejando algo de sí mismas para dar a sus animales. Generalmente, este tipo de personas no son económicamente pudientes, sino es gente que simplemente sobrevive con sus ingresos.

LA MISIÓN ESPIRITUAL DE PERROS Y GATOS

Los gatos son maravillosos. Cuando frotan su cuerpo y se ponen cariñosos, están limpiando la energía negativa que a veces nosotros traemos de la calle, del trabajo, de un inconveniente que tuvimos con alguien. Todos los gatos tienen la misma potestad de hacerlo.

Para dar un ejemplo cuento lo que me pasó la semana pasada. Llegué a casa al mediodía  de uno de mis trabajos y me sentía muy mal. Me acosté para tomar una siesta. Mi hija estaba acá, así que ella se encargó de los animales. Yo tenía un decaimiento general, me dolía mucho la cabeza y el estómago.

Tengo una gata que se llama Orri, es muy arisca, fue rescatada de una estación de servicios hace ya muchos años. Ella tenía una herida muy grande infectada en una pata y se ve que, producto de todas las curaciones, quedó un poco resentida con los humanos. Entonces, es una gata que toma distancia.

Lo extraño fue que, ese día en que yo me sentía tan mal, ella se subió a la cama. Yo estaba recostada para dormirme, solo quería cerrar los ojos y descansar. La gata estuvo un buen tiempo pasando y pasando su cuerpo por el mío, por mis brazos, mis piernas, lo cual nunca acostumbraba a hacer. Ese día me dormí hasta las cinco de la tarde. Cuando desperté, estaba mucho mejor.

Creo firmemente que los gatos absorben las malas vibras. La misión espiritual de los perros y los gatos es de proteger el ambiente y a los seres humanos.

Ella es Kendra, una hermosa gata que apareció fuera de mi casa. Es amiga inseparable de Ninina. Donde está una, está la otra. Duermen juntas, comen juntas, se acompañan siempre.

TENENCIA RESPONSABLE DE ANIMALES

Debemos tener conciencia de que los animales sienten el dolor de la misma manera que nosotros los humanos, y que ellos también necesitan cariño. Los gatos y los perros por lo general no lloran, tienen un umbral muy alto de dolor. Pero cuando lo hacen, es porque están muy lastimados, porque no aguantan más.

Debemos acordarnos que el animal es un ser vivo, que tiene hambre, que siente frío o que siente calor, que no puede estar amarrado todo el tiempo. El dueño tiene que ocuparse de él, vacunarlo si lo quiere tener sano y, en el caso de los gatos, esterilizarlos para que no se reproduzcan. Si se enferman, deben llevarlos a la veterinaria y hacer sus curaciones cuando se necesita.

EL FUTURO DE ESTE HOGAR

En esta casa tengo una regla clara: ya no puede entrar un animal más. ¿Por qué? Por algo lógico. Con mi edad, no sé hasta cuándo voy a tener la fuerza para cobijar y proteger a estos animalitos, no tengo la vida comprada.

La idea es que ellos se vayan muriendo naturalmente, cuando tenga que suceder. Es una forma natural de resolver esta situación. Ya no puedo rescatar ni acoger a otro más, no sería lógico ni responsable.

Roque es uno de los gatos más sociables que tenemos aquí. Cuando llega un gato nuevo a la casa, él le da la bienvenida, lo acicala y se pone a su lado, como diciéndole que está aceptado. Se lleva bien con perros y con humanos también.

ME SIENTO MUY FELIZ

Me siento muy libre y contenta con la ayuda que estoy haciendo a los animales. Hay personas que dirán: “¡Pero qué loca, dice que es feliz y mira cómo vive…!”. Pero sí, soy feliz. A veces estoy preocupada por las responsabilidades, por el tiempo y el dinero que se necesita para mantener este hogar. Mi preocupación es esta, no tengo otra.

Podría haber tenido hace rato un auto en la puerta y una casa propia. Sin embargo, me transporto en buses y vivo en alquiler. No tengo ninguna propiedad. Por cuidar animales he sacrificado mi bienestar económico. Si me preguntan si estoy arrepentida de eso digo que no, más allá de todo lo que me ha costado. Entiendo que podría estar de otra manera, pero es la decisión que tomé y la asumo como tal.

Este es mi cuarto. Encima de la cama está Celeste, a quien rescatamos de la calle con su hermanito en plena lluvia, hace ya quince años. Tiene sus defensas bajas, sufre de calicivirus y está medicada. Casi no tiene dientes. Su hermano murió hace dos años.

No estoy aislada del mundo. Sigo ejerciendo mi profesión como psicóloga, lo cual me da para vivir. Soy vegetariana, tengo algunos achaques de la edad que no me traen grandes problemas. Me manejo bien, soy independiente económicamente y, en general, estoy sana.

Todos los días hago quince minutos de meditación, que me conecta con lo divino, con lo supremo. Esos minutos de conexión me ayudan a estar más firme en lo que hago, para aumentar mi fe, para estar bien. 

Con el correr del tiempo, ya no das la misma importancia a algunas cosas mundanas que cuando eras más joven. Te haces más espiritual y tratas de ser mejor persona. Valoras el amor a los animales, el amor a servir, sin ninguna duda.

Este gatito no tiene nombre todavía. Él y sus dos hermanitos estaban botados en una plaza cerca de mi casa y los tuve que traer, como una excepción. Los tres serán dados en adopción.

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Notas del editor:

Esta historia se basa en entrevistas y posteriores revisiones con Lilian el año 2019. La redacción y edición son de Marcos Grisi Reyes Ortiz.

Lee la segunda parte de este relato, sobre la vida de los gatos en el refugio. Cada uno tiene su propia personalidad. Por favor, sigue este enlace.

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