.
Naciste como una luz: sana, limpia.
Superaste
lo que te trajo dolor:
la pérdida de tu madre,
el bullying en el colegio,
los desamores de juventud…
Sobrellevaste todo ello
gracias a tu personalidad,
No dejaste que la tristeza ni el rencor
te llene el alma.
Seguiste adelante y te reconociste
como una mujer luchadora.
Entraste a la universidad.
Te enteraste lo linda que eras
y supiste que podías hacer perder
la cordura a los hombres.
Una mirada y un poco de picardía,
eso es todo lo que necesitabas.
El mundo era tuyo.
Y tenías poder sobre ellos.
Te embarazaste a los veintidós años,
después de una noche loca,
o de varias.
El responsable
era un muchacho con futuro:
lo querías, pero no lo amabas.
Él reconoció su paternidad
y se comprometió (y cumplió)
a siempre velar por la educación
y crianza de la bebé.
Nunca se casaron. Pero no importó.
Te prometiste que darías a tu hija
lo que no tuviste en tu niñez:
una madre presente,
alguien que te escuche y te defienda.
Hiciste tus deberes.
Pasaron los años.
Tu hija creció sana, linda,
responsable.
Ya está pronta a salir profesional.
Y mientras tanto, ¿qué pasó contigo?
Cuando por fin te casaste,
esperaste tener más niños,
pero ellos nunca llegaron.
Descompensación hormonal, dijeron,
y no se pudo solucionar.
Pasaron los años.
Él se cansó y se fue.
Ahora tiene otra familia.
La vida sigue.
Sabes que aún eres guapa.
Sabes que sólo debes dar
las señales correctas
y cuatro hombres tocarán
la puerta inmediatamente.
Pero no quieres.
A estas alturas,
todos ellos tienen su propia carga
y no tienes la menor gana
de acoger historias de dolor ajenas
ni hijos que no son tuyos.
Es entendible.
Quieres paz.
Quieres perderte
en el horizonte del mar,
en la luz del atardecer,
en la fragancia de los jazmines.
Pero nada de eso ocurre,
solo hay una larga letanía
de días iguales
que va carcomiendo
tu fe y tu alegría de vivir.
Y te sientes sola, muy sola.
De repente hay algo
que está cambiando en tu corazón.
¿Lo percibes tú también?
Un rencor pasado
por la vida que no tuviste
está creciendo en ti.
Y te sientes vulnerable.
Empiezas a comportarte diferente.
Estás muy agresiva con tus palabras.
Sabemos que es una forma de defensa
y una expresión de tu hastío,
pero aún así…
Alejas a tus amigas,
desechas a tus amantes,
maltratas sutilmente a la gente
que te rodea.
No dejes que la oscuridad
entre a tu corazón.
Recuerda la luz
con la que naciste.
Recuerda,
querida mía,
que tú eres luz.
..
Este es un cuento de ficción. Cualquier parecido a una persona o situación que conozcas es pura coincidencia.
Mira más contenido como este en MarcosGrisi.com y en el canal de YouTube.