AÑO 2016
LOS PEREGRINOS VIP
Por el mes de marzo del 2016, en una de esas noches insomnes, vi por la televisión un documental sobre el Camino a Santiago de Compostela. No sabía nada de este destino turístico y me pareció interesante, así que investigué un poco más.
Efectivamente, se trataba de una peregrinación muy famosa que se hace a esta ciudad gallega, al noroeste de España. El recorrido más común parte desde los Pirineos franceses y cruza la península en sentido este-oeste, por alrededor de 750 kilómetros con una duración de un mes de caminata.
A mí me encanta caminar y necesitaba vacaciones, pero ausentarme de mi trabajo por treinta días y financiar semejante viaje era imposible, así que busqué alternativas. Como trabajaba en la empresa de turismo de la familia, pude evaluar directamente con el operador español los otros recorridos que tenían disponibles.
Encontré una opción muy buena: el camino portugués, que se origina en Lisboa y tiene un mes de duración, pero haríamos un tramo corto, partiendo desde Tui, en la frontera entre Portugal y España y caminando solo 120 kilómetros por seis días. Después podríamos realizar algún tour por Europa completando dos semanas de viaje, lo cual era mucho más factible y financiable.
Pregunté a algunos amigos si se animaban a acompañarme. Uno de ellos, Ronald Iriarte, que es deportista (corre maratones y pedalea bicicleta por largas distancias), me dijo que le interesaba hacer el viaje. Nadie más se manifestó, así que solo él y yo nos embarcamos en esa aventura.
Tomamos el vuelo de Air Europa de Santa Cruz a Madrid con conexión a Vigo. Allí nos recogió la operadora y nos llevó directo al hotel en Tui. Esta misma empresa se encargaría después de llevar nuestras maletas de hotel en hotel por cada pueblo hasta Santiago de Compostela, de modo que nosotros solo teníamos que cargar en el trayecto una pequeña mochila con algunos efectos personales y el refrigerio.
Empezamos la caminata al día siguiente, con este recorrido de sur a norte:

EL CAMINO
Caminar por los senderos de Galicia es hermoso: las vistas son espectaculares, hay muchos riachuelos a la vera del camino, se aprecia una abundante vegetación gracias al clima húmedo y cada cierto tiempo es posible encontrar pequeños restaurantes o bares para comer, beber o ir al baño.
Este primer viaje fue netamente turístico, no tomé ninguna anotación ni registro de lo que pasó en el día a día. Además, las conversaciones con Ronald eran entretenidas y a veces encontrábamos otras personas con quienes charlar en el trayecto, así que simplemente disfruté la experiencia despreocupadamente.
Como solo caminábamos con nuestras pequeñas mochilas y en los restaurantes de los pueblos comíamos mariscos y jamón serrano, acompañados de buenos vinos, no sentíamos que fuéramos unos peregrinos religiosos; más bien, éramos unos peregrinos VIP.
Estas son algunas fotos que tomamos:

Esta foto fue tomada desde el hotel en Tui. Esas montañas son de Portugal.

Todo el camino está señalizado con carteles y flechas amarillas, así que es muy fácil saber por dónde ir.

Encuentro con unos peregrinos…

… y con otros. Ni idea quiénes son.

Los peregrinos VIP tomando un buen vino Albariño y comiendo una porción de jamón serrano, a la llegada a uno de los pueblos.
LA CREDENCIAL DEL PEREGRINO
Parte de la diversión de realizar el Camino a Santiago es hacer sellar la Credencial del Peregrino en los hoteles, restaurantes o parroquias que se encuentren en el recorrido. Te sientes como un niño pidiendo que te sellen tu cuaderno de recuerdos.
Esta credencial sirve para que, cuando llegas a Santiago de Compostela, te extiendan un certificado que establece que has caminado o manejado en bicicleta por lo menos cien kilómetros, basándose en los sellos como prueba.

UNA HISTORIA
En este primer viaje a Santiago, ni Roland ni yo nos sentamos a charlar largo con otros peregrinos del Camino ya que estábamos entretenidos conversando entre nosotros. Solo tuvimos conversaciones cortas y amables con la gente con la que nos cruzábamos, pero nada más que eso.
Hubo una ocasión en la que sí pude tener una conversación más extensa con una persona que también hacía la peregrinación. Esto ocurrió en algún lugar antes de llegar a Pontevedra.
Resulta que Ronald y yo entramos a un café a la vera del camino, a eso de las once de la mañana. Después de charlar un poco, reanudamos la caminata. Unos diez minutos más tarde me di cuenta de que había dejado olvidado mi palo apoyado sobre la pared detrás de donde nos habíamos sentado.

Ese palo no era más que una rama seca de árbol que encontré en un sendero al salir de Tui, pero le agarré tanto cariño que no podía desprenderme de él.
Pedí a Ronald que continuara caminando y que le iba a alcanzar más adelante o en algún restaurante en Pontevedra, donde debíamos pernoctar; ya nos comunicaríamos por WhatsApp por cualquier novedad.
Me apuré en volver al café, encontré mi palo y retomé el camino a paso acelerado. En una de las curvas al lado de una carretera, vi a lo lejos a una señora gordita que caminaba muy lentamente, apoyándose en un bastón. Parecía que cojeaba, o estaba tal vez demasiado cansada. La pasé rápidamente, diciéndole “Buen Camino”, como se saludan los peregrinos.
Poco después de cruzarla, paré en un restaurante pequeño porque me antojé de comer una ración de jamón serrano, que me encanta. Pagué y estaba a punto de salir, cuando esta señora llegó al local, colorada por el calor y sentándose pesadamente en la primera silla que encontró.
Antes de salir por la puerta, le pregunté en inglés si estaba bien, porque realmente la vi agitada. Contestó con una sonrisa que solo se encontraba un poco cansada. Me preguntó de dónde era. Le respondí que de Bolivia y poco a poco empezamos a charlar. Me senté en el borde de una silla, todavía con la mochila puesta y listo para partir cualquier momento. A medida que charlábamos, me relajé y acomodé mejor.
Me contó que provenía de los Países Bajos, era una profesora de colegio ya jubilada y vivía en Amsterdam. Su marido había fallecido hacía poco y ella tomó la decisión de hacer este viaje a Santiago antes de que su salud se deteriorara más. “¿Por qué?”, le pregunté. “¿Qué le pasa?”.
Tenía cáncer terminal en algún lado del cuerpo y le dieron seis meses de vida, por eso se agitaba tanto. Pensó que no iba a aguantar el ejercicio, pero, para su sorpresa, después de una semana de caminata, vio que podía seguir y tal vez poder completar el trayecto hasta Santiago, que estaba todavía a tres días de distancia. Tengo la impresión de que venía desde Oporto.
Nos tomamos una foto, nos despedimos y retomé el camino, pensando en este encuentro. Me impresionó mucho la resiliencia de la señora en aguantar las dificultades del trayecto, además de hacerlo completamente sola. Fue de alguna manera inspirador saber que se pueden cumplir los deseos, aunque sea en los últimos recovecos de la vida.
Pensé que, si alguna vez volviera a Santiago, hablaría con más gente para conocer sus historias. Me gustó la experiencia y a la vez me pinchó la curiosidad de escuchar a perfectos desconocidos.

No me acuerdo su nombre. A estas alturas, nueve años después, debió haber ya partido al otro lado.


Saqué fotos de estos cuadros en algún lugar del Camino. Me parecieron súper relevantes y aplicables a la vida de cada uno.
EN SANTIAGO DE COMPOSTELA
Llegar a Santiago de Compostela a pie después de varios días de caminata es muy emocionante. Pararse en medio de la Praza do Obradoiro y estar rodeado de cientos de peregrinos que han llegado desde quién sabe dónde, a pie o en bicicleta, es muy lindo para recordar. Recuerdo que había mucha algarabía entre todos los que estaban en esa gran superficie frente a la Catedral.

En la Praza do Obradoiro. Ese año estaban todavía restaurando la fachada.

Fuimos a la Oficina del Peregrino con nuestras credenciales para recabar el certificado correspondiente. Ese cartón es bueno tenerlo al finalizar el primer viaje, como un souvenir que certifica que realmente hiciste el recorrido. Si realizas el Camino varias veces, este documento deja de ser tan importante.