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Cuando el creador
te dio el encargo de protegerla,
no te dijo cómo ni cuándo ni dónde.
Eso lo irías a saber
cuando llegue el momento.
«Una luz te guiará», escuchaste.
A medida que crecías,
te olvidaste completamente
del deber que tenías por delante.
Te dedicaste a jugar con tus hermanos,
a pasear con tus amigas
y a hacer lo que todos a esa edad hacen.
Cuando llegó el tiempo de ser adulto,
supiste responder con responsabilidad.
Trabajaste a la par de todos los demás.
Tuviste tu descendencia,
los amaste y protegiste.
Ahora están lejos, en sus propios caminos.
Los años fueron pasando y,
poco a poco, tu cuerpo se fue cansando.
“Es hora de jubilarme”, pensaste.
Y así fue.
Un buen día dejaron de necesitar de ti,
eras libre otra vez.
Una de esas tardes ocurrió lo presagiado.
Sucedió mientras recorrías el camino
de la ribera del río, que tanto te gustaba.
Viste a lo lejos una niña vestida de blanco.
No se movía, parecía pensativa. O perdida.
Te picó la curiosidad
Te acercaste lentamente,
sin hacer ruido, casi sin respirar.
No querías asustarla.
Pero ella se dio cuenta de tu presencia.
Lentamente giró la cabeza
y te miró en silencio.
Su carita mostraba tristeza, parecía que había llorado.
Algo había en sus ojos que era diferente:
tenía una mirada clara, diáfana, directa.
Te acercaste más, casi hasta tocarla.
Era como un momento mágico,
cuando las palabras no son necesarias.
Te agachaste para estar a su altura.
Ella extendió su mano
y tocó tu frente.
Le llamó la atención
la marca de nacimiento que tenías ahí.
Con sus dedos recorrió el contorno.
“Qué bonito”, dijo, “es como una estrella”.
«¿Tienes nombre?», te preguntó.
No le respondiste, no había para qué.
“Yo me llamo Belén”, declaró.
Justo en ese momento, un rayo de sol
se reflejó en el agua del río y alcanzó sus ojos.
Algo se movió en ti, no supiste qué.
Ese momento recordaste un sueño
donde alguien te decía: “Cuida de ella”.
La miraste en silencio y
te agachaste aún más,
invitándola a que suba encima de tus hombros.
Belén te entendió.
Antes de subir encima de ti, dijo.
“Desde ahora te llamarás Estrella”.
No supiste cómo,
pero intuitivamente sabías
que estaba perdida y debías devolverla a su casa.
Y el Creador dijo:
“Gracias, mi querida y vieja yegua,
te acordaste de lo que te pedí.
Tus días terminarán en paz”.
Desde entonces y hasta el día que partiste,
nunca más te separaste de ella.
Bendita seas, Estrella de Belén.
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Este es un cuento-poema de ficción. Cualquier parecido a una persona o situación que conozcas es pura coincidencia.
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