Julia Gutierrez Velasco: Itaguazurenda, un oasis en el Chaco

Tiempo de lectura: 27 minutos

Itaguazurenda es la estancia de mi familia, a casi 300 kilómetros al sur de Santa Cruz. Allá viví una niñez maravillosa, rodeada de gente muy querida y de la naturaleza salvaje del Chaco boliviano.

La recuerdo como un vergel, un oasis lejano en medio del chaco boliviano. En esa bellísima estancia vivieron tres generaciones de Gutiérrez, hombres y mujeres fuertes, valientes, honestos y trabajadores, que aportaron mucho al desarrollo del país y de la región.

Ita, como la llamamos de cariño, está rodeada de magníficos árboles de quebracho, soto y cupesí. Allá disfruté de las deliciosas tunas y pitajayas, del pachío y la uruma, que hicieron nuestras delicias cuando éramos niños. Cuando visitábamos las estancias vecinas, veíamos los toborochis y tajibos en flor diseminados en toda la zona. 

Se me viene a la memoria el olor de las rosas, los geranios, santa ritas, hortensias y resedas que teníamos en el jardín. En las tardes de mucho calor, cuando toda la casa se paralizaba bajo el silencio de la siesta, Ruperta también dormía, echada cómodamente en la hamaca del corredor, frente a los dormitorios. Todos entendían que esas horas eran sagradas, incluso ella, la jaguar de la casa.

En Itaguazurenda nacieron o se criaron los quince hijos de mis abuelos, dos de los cuales fallecieron en la guerra del Chaco. Fue allá donde mamá, una muchacha de ciudad recién casada con mi padre, viajó a lomo de mula por siete días desde Santa Cruz.

Aquí les ofrezco mis recuerdos de este maravilloso lugar y de la gente que transitó por él.

MIS ABUELOS PATERNOS: GUTIÉRREZ-JIMÉNEZ

Mis dos abuelos paternos nacieron en Santa Cruz, en la segunda mitad del siglo XIX: Juan Antonio Gutiérrez Suárez en 1856 y Julia Jiménez Aguilera en 1869. Estimo que se casaron por el año 1890.

En ese entonces, Santa Cruz era un pueblo aislado del resto de Bolivia. El norte cruceño era inhóspito y más aislado todavía, Brasil quedaba muy lejos hacia el este y las otras ciudades importantes del país quedaban detrás o encima de las montañas, hacia el oeste.

Mi abuelo, una persona muy inquieta, decidió buscar oportunidades en el sur, más cerca a la Argentina. Se marchó a caballo hacia el Chaco, con la esperanza de encontrar un lugar para estanciar. Llegó a Charagua, posiblemente en una expedición de varias personas y tal vez acompañado por alguno de sus hermanos.

A dieciocho kilómetros de Charagua, en dirección al río Parapetí, encontró agua gracias a una palca de madera que vibraba ante la presencia de esta. El agua encontrada era una napa  o capa de agua subterránea, con un caudal estable que existe hasta ahora. Allí construyeron una noria que, con el tiempo, llegó a tener una profundidad de 40 metros.

Historias de vida - Julia Gutierrez
Palca de madera para encontrar agua subterránea.

Él tomó posesión del terreno. Su esposa y sus hijos se le unieron después. Llamaron a la estancia «Itaguazurenda», que en guaraní significa: “el lugar de la piedra grande”, porque  en ella había, inexplicablemente, una piedra enorme que posiblemente fue traída por un deslave de los cerros hace muchísimos años. 

Mapa Charagua
En este mapa de Google, Charagua está marcada con rojo. El río Parapetí es la línea curva a la derecha. Itaguazurenda está justo al medio de los dos.

En este lugar nacieron y se criaron la mayoría de sus hijos. El ritmo de nacimientos fue muy rápido, prácticamente uno por cada año hasta los cuarenta y cinco años de mi abuela. Mi padre, Manuel Jesús, fue el segundo de ellos:

Familia Gutierrez Jimenez años nacimiento

Con el paso de los años, mi abuelo embalsó una parte de la quebrada de Charagua y formó una hermosa laguna artificial que llamó Cerrito. Con esa laguna y por medio de una red de canales de riego, convirtió Itaguazurenda en un vergel, porque la tierra allí es fértil pero muy seca. Es así que pudo sembrar caña de azúcar, maíz y otros productos, donde antes era impensable tener ese tipo de agricultura.

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Laguna Cerrito.

La base de la estancia, sin embargo, fue siempre la ganadería. En el Chaco, el ganado no se alimenta solo de pasto como en el trópico, sino de las hojas de los árboles, del ramoneo. El trabajo allá es mucho más duro por las condiciones del clima seco y árido.

Los productos que generaba la hacienda, tales como carne, azúcar morena y otros, se comercializaban dentro del país y hacia la Argentina. En esa época los pueblos fronterizos de Argentina estaban muy aislados de la capital, por lo tanto, ese era uno de los mercados principales de Itaguazurenda.

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Mis abuelos Juan Antonio Gutiérrez y Julia Jiménez.

CRECIMIENTO DE ITA Y OTRAS PROPIEDADES

Mis abuelos hicieron crecer la estancia poco a poco, con mucho trabajo. Adquirieron las tierras de alrededor y llegaron hasta más allá del río Parapetí. No sé cuántas hectáreas eran, pero sí recuerdo que, cuando era niña (muchos años después), tardábamos más de cinco horas en llegar al otro lado de la propiedad, por caminos muy irregulares.

Con los años, mis abuelos llegaron a tener una estancia bellísima. En 1910 viajaron a Europa junto con tía Luisa y tío Francisco y de allá trajeron muchas cosas que necesitaban para Ita y la casa de la ciudad, como lámparas y muebles.

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La casa Gutiérrez Jiménez sobre la calle Junín.

Mi abuelo murió en 1914, a la edad de cincuenta y ocho años. Mi abuela Julia quedó viuda a sus cuarenta y cuatro años, con diez hijos y uno más en camino, tío Óscar, que aún no había nacido. Afortunadamente, los hijos mayores ya tenían edad suficiente para ayudar con el trabajo de la estancia, pero siempre bajo el mando y supervisión de mi abuela.

Edad hijos

MIS ABUELOS MATERNOS: VELASCO – FRANCO

Por otro lado, mis abuelos maternos eran gente de ciudad: Miguel Higinio Velasco y Adelaida Franco. Ellos tuvieron diez hijos: Miguel, Antonio, Victoria, Adelaida, Benedicta, Pedro, Luis, Eduardo, Clotilde (mi madre) y Ángela. Los mellizos de la familia eran Luis y Eduardo, a los que se los conocía como «los Tojos Velasco».

¡Qué familia de gente linda! Los hombres guapos, las mujeres hermosas y todos muy educados. Tío Luis era piloto, viajó mucho con su avioneta a Ita, llevando productos y a diferentes miembros de la familia con él.

Tengo que mencionar a dos hermanos de mi madre, quienes fueron muy cercanos a ella. Por un lado está “abuela Ángela”, su hermana menor, quien se hizo cargo de mí en una época difícil. La relación especial que yo tenía con ella parecía más de nieta a abuela que de sobrina a tía.

Por otro lado está tío Pedro, a cargo de la casa de Santa Cruz, con quien compartimos hermosos momentos como familia. Desde que tengo uso de razón, ellos estuvieron siempre presentes en nuestras vidas.

También recuerdo las reuniones en la casa de los Tojos, tíos Eduardo y Luis, donde tías Amelia y Rosita nos recibían con tanto cariño.

Familia Velasco 2
Foto histórica de la familia Velasco Franco. Mi abuelo Miguel Higinio Velasco es el segundo sentado a la izquierda. Mi padre es el primero parado arriba a la izquierda, a su lado están tío Luis y tío Pedro. Mi madre es la segunda sentada a la derecha, a lado está tía Adelaida y arriba de ella está abuela Ángela.

EL MATRIMONIO DE MIS PADRES

Cuando mis padres se casaron el 21 de septiembre de 1919, papá tenía veinticinco años y mamá dieciocho. El momento en el que ella decidió unirse a este guapo y hermoso hombre de campo, sabía que le esperaba una vida completamente diferente a la que estaba acostumbrada. Esa decisión demuestra el temple de esta mujer.

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Mis padres, el día de su matrimonio.

Ellos viajaron a Itaguazurenda a establecerse, ya que papá vivía y tenía su trabajo allá, en la hacienda de su familia. Realizaron el viaje de casi trescientos kilómetros a lomo de mula, como se hacía en ese entonces, en un tiempo de aproximadamente siete días.

En Itaguazurenda empezó la vida de la familia Gutierrez Velasco con el nacimiento de mis hermanos mayores: Irma en 1920, Miguel en 1921, Manuel Jesús en 1922 y Maria Julia en 1923.

JESUSITO

Un evento que fue muy doloroso sucedió en 1925. Manuel Jesús, quien tenía el mismo nombre de mi padre, enfermó a sus tres años y medio de una infección intestinal muy fuerte. Mis padres lo llevaron de emergencia a lomo de mula a Santa Cruz, en busca de ayuda médica.

Con los pocos recursos que había en ese entonces, y a pesar del gran esfuerzo que hizo el médico, el niño murió. Fue un golpe muy duro que mamá nunca olvidó.

Poco tiempo después, en febrero de 1926, nació mi hermana Aida.

MUERTE DE MI ABUELA JULIA

Mi abuela Julia falleció en 1927, a la edad de cincuenta y ocho años. No sé la razón por la que murió tan temprano. Todavía tenía a dos hijos chicos que dependían de ella, tío Pablo de dieciséis años y tío Óscar de trece. El resto de sus hijos ya eran jóvenes adultos, estaban encaminados, algunos estudiando y otros trabajando.

En la división del patrimonio familiar, a papá le tocó Itaguazurenda, la hacienda que él ayudó a desarrollar junto con sus padres. Durante los siguientes años, Ita se convirtió en el lugar donde las familias Gutiérrez Jiménez y Gutiérrez Velasco se encontraban, creando entre ellos lazos afectivos muy fuertes.  

CHEPITA

La sexta hija de mis padres, Josefina, a quien con cariño le decíamos Chepita, nació en 1930. Escuché que ella nació grande, saludable y hermosa. Sin embargo, a los veinte días de nacida, contrajo una fiebre muy alta que le produjo una encefalitis, cuyas secuelas le marcaron el resto de su vida.

Chepita no llegó a tener mucho retraso mental, porque era vivísima, pero tenía la parte motriz muy disminuida. Ese fue otro golpe muy duro para mis padres.

Foto niños Gutierrez Velasco
De izquierda a derecha, parados: Miguel e Irma. Sentados: María Julia, Chepita y Aida (foto de 1932).

LA GUERRA DEL CHACO

Dos años después, en 1932, llegó un evento que transformaría completamente la vida de la hacienda y de toda la familia, la Guerra del Chaco.

Itaguazurenda estaba literalmente en medio de la zona del conflicto. Cualquier evento que sucediera en la guerra, podía afectar directamente la propiedad. Había incluso el riesgo de que, si Bolivia perdía mucho territorio, la hacienda podía quedar en otro país.

Mi padre y sus ocho hermanos hombres podían ser llamados al ejército, ya que sus edades fluctuaban entre los dieciocho y treinta y ocho años. A papá, que era el mayor, lo reclutaron, pero no para ir al frente de batalla, sino para formar parte del equipo logístico de la zona, el mismo que se ocupaba de los suministros, insumos y centro de distribución del transporte.

De los ocho hermanos, dos de ellos murieron en batalla. Adolfo murió en junio de 1934 en Cañada Loa y Aurelio en enero de 1935, unos meses antes de que acabe el conflicto. Tío Ramón quedó muy afectado de la muerte de Aurelio, porque eran muy unidos.

La participación de papá en la guerra fue fundamental porque la hacienda quedaba en un lugar estratégico, con agua y con todas las instalaciones para servir de centro de operaciones del ejército boliviano en esa zona. La posición geográfica fue vital, porque era prácticamente el último lugar para abastecerse antes de cruzar el río Parapetí.

A principios de 1935, cuando el ejército paraguayo se acercaba cada vez más al río Parapetí,  mamá y mis hermanos mayores (yo no había nacido todavía) tuvieron que huir en camión para refugiarse en una estancia fuera del camino de la guerra. Mamá tenía 35 años y sus cinco hijos eran niños todavía: Irma (15), Miguel (14), Julita (12), Aida (9) y Chepita (5).

En abril de ese año, los paraguayos cruzaron el río y pasaron por la estancia hacia Charagua. Entraron al pueblo el 18 de abril y fueron repelidos por las fuerzas bolivianas el 20 de abril. Las pérdidas en Itaguazurenda fueron enormes por el paso de los ejércitos paraguayo y boliviano, que causaron muchos destrozos a la propiedad.

DESPUÉS DE LA GUERRA DEL CHACO

La guerra terminó en junio de 1935. Afortunadamente, en las negociaciones finales, la línea de frontera con el Paraguay quedó más allá del río Parapetí, con lo que nuestra hacienda y también la de mis tíos en los alrededores se salvaron de quedar en territorio de ese país.

En los meses siguientes, mi madre y mis cinco hermanos volvieron para reunirse con mi padre. Un año después, el 6 de noviembre de 1936, nació mi hermano Juan Antonio, a quien le decíamos Chicho. Y seis años más tarde, el 23 de septiembre de 1942, nací yo, la menor de la familia.

JULITA

En febrero del 1943, cinco meses después de mi nacimiento, sucedió uno de los eventos más trágicos de la familia. Hablar de este tema es muy difícil porque, aunque yo no tenga memoria de ello, las secuelas que dejó en mi familia y especialmente en mi madre fueron terribles.

Mis padres se iban a quedar un tiempo en Santa Cruz, así que alquilaron una casa en la calle Sucre, casi esquina La Paz a unas tres cuadras de la plaza principal. Mis hermanas estaban ya señoritas, Irma de 20 años, Julita de 17 y Aida de 14 años.

Ese día, yo estaba en brazos de mi madre dentro de la casa y con nosotras estaban Aida y Chepita, quien era una niña todavía. Oyeron un ruido muy fuerte fuera de la casa y mamá le pidió a Aida que salga para ver qué había sucedido.

Lo que vio Aida no se le olvidó nunca. No veo necesario contar los detalles, pasaron más de setenta años desde ese episodio. Solo basta decir que Julita murió de una forma violenta, en la puerta de la casa.

Fue un golpe muy fuerte para toda la familia, especialmente para mamá. Yo nunca pude hablar con ella sobre este tema, era muy doloroso recordarlo.

Julita
Julita

BAUTIZO

Cuando murió Julita, yo no estaba bautizada todavía, a pesar de que tenía cinco meses. Me dieron los nombres de mi hermana Julia y de mi madre, Clotilde, y así es como me llamo: Julia Clotilde Gutiérrez Velasco.

MIS AÑOS EN ITAGUAZURENDA

Hasta acá he relatado lo que yo sé de la vida de mi familia, recordando las historias que he escuchado de mis padres, tíos y hermanos. A partir de los cinco o seis años de edad, ya con más conciencia de lo que pasaba a mi alrededor, puedo basarme en mis propios recuerdos para contar otros eventos.

Historias de vida - Julia Gutierrez
Mamá y yo, cuando tenía diez años.

Recuerdo todos los años de mi crianza en el campo con mucha alegría. Era una vida muy tranquila, hermosa, de mucho respeto y trabajo. Mi padre tenía una biblioteca con libros de diferentes temas: agricultura, medicina, historia y novelas. Heredé de mis padres el hábito de la lectura, que hasta ahora disfruto.

Mamá tocaba la campana del patio a las tres de la mañana, para que los trabajadores comiencen a arrear las vacas para la ordeña. Este trabajo ocupaba gran parte de la mañana, hasta que toda la leche entraba a la quesería para ser procesada.

Por otro lado, papá tenía un horario completamente diferente. Él dormía un poco más. Al despertar, salía a ver el frigorífico, la ganadería, a reunirse con sus capataces, a ver la cuestión de las aguas, las represas y los cultivos. Debía ver el funcionamiento de los tractores, los camiones, la pista de aterrizaje y el mantenimiento de la parte eléctrica. Era un movimiento constante de cosas y de personas.

Mis dos padres trabajaban a la par. Ese es el modelo que tengo, de hombres y mujeres fuertes, honestos y trabajadores.

LOS ALMUERZOS Y LA HORA DE LA SIESTA

A la hora del almuerzo, no recuerdo nunca estar en la mesa sola con mi familia. Esa mesa, que tenía unos seis metros de largo, siempre tenía los puestos ocupados. Llegaban los capataces de las estancias, primos, tíos, amigos, veterinarios, constructores, electricistas… siempre había gente. 

Eso sí, después del almuerzo venía la hora de la siesta, que para mamá era una hora sagrada. Había un silencio absoluto en la casa, creo que hasta los perros estaban prohibidos de ladrar.

LA HUERTA DE LA CASA

Recuerdo mucho los olores que había en la huerta de la casa. Teníamos guayabas, membrillo, (mamá hacía dulce de membrillo), paltas, naranjas, limas, limones. Había un sector donde se cultivaban verduras: espárrago, que a mi padre le encantaba, repollos grandes, repollos de bruselas, zanahorias, vainitas y otras.

Cuando alguien viajaba a Argentina, nos traía semillas y nosotros las cultivábamos. Me crié comiendo verduras que en Santa Cruz todavía no existían, como espárragos y tomatitos cherry. Por otro lado, no teníamos ni yuca ni plátanos, porque las heladas en invierno no permitían que se desarrollen.

EL APOYO DE MIS PADRES A LA ZONA

Mi padre fue un referente en toda esa región del Chaco y ayudó mucho a su desarrollo. Entre otras cosas, ayudó a la construcción del ferrocarril Argentina–Santa Cruz, colaborando a los ingenieros y obreros sobre cómo pasar ciertos pasos difíciles en la geografía del lugar y dándoles apoyo en materiales y alojamiento. También acompañó en esfuerzos a la comunidad para trabajos de desarrollo en la zona de Charagua.

Por otro lado, mi madre fue una de las voluntarias que impulsó y aportó con la construcción de la iglesia del pueblo.

GANADERÍA EN EL CHACO VS. EL TRÓPICO

Un hermano de papá, tío Pablo, que estanciaba en el Beni, le dijo alguna vez: “Y vos acá, luchando tan fuerte en esta tierra tan difícil”. Mi padre le respondió: “Y vos allá, echado en una hamaca, viendo pasar el día. Acá nosotros trabajamos”. Eran dos formas totalmente diferentes de hacer las cosas.

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Esta cuba de madera fue construida por mi abuelo para abastecer de agua a la casa y a los corrales.

1958: ALUVIÓN

El año 1958 sucedió un evento que nos impactó a todos nosotros. Mamá decía que ese iba a ser su año estrella, porque tenía vacas y terneros de muy buen nivel y en el verano 1958-1959 iba a obtener la mejor producción de leche y de quesos.

Era la madrugada del 23 de diciembre, un día antes de navidad. Yo tenía dieciséis años y recuerdo perfectamente lo sucedido. En la casa estaban mamá, mis hermanos Chepita y Chicho y algunos de mis sobrinos. De visita estaba tío Carlitos Gutiérrez, primo hermano de mi padre que tenía su estancia Santa Fe, al otro lado del río. Papá e Irma estaban en Santa Cruz y Miguel en su aserradero cerca de Abapó.

Había llovido por once días sin parar. Yo dormía en la habitación con mamá. Más o menos a las cuatro de la mañana vino Octavio, el capataz de mis padres, a tocar la puerta y con voz de alarma dijo: “¡Patrona, patrona, aluvión!”. Nos levantamos todos a la carrera. Ya estaba clareando el día y podíamos distinguir lo que estaba sucediendo alrededor de la casa.

Nos fuimos todos a mirar por la ventana del comedor. A través de la vegetación, podíamos ver cómo el agua y el lodo habían roto el atajado (represa), arrastrando árboles y destruyendo todo a su paso. Esto sucedía a unos doscientos metros de la casa. Por suerte, las aguas rompieron el atajado por el lado de los potreros y no hacia a la casa.

Para aclarar, el aluvión no era como un turbión de aguas rápidas y altas, sino una mezcla de agua, barro y piedras, de un metro o metro y medio de altura, que avanzaba más lento. Por la densidad que este tenía, podía fácilmente tumbar animales grandes y matarlos. Esa lentitud de movimiento dio tiempo para que Chicho y tío Carlos usaran el tractor oruga para desviar el curso del lodo lejos de la casa.

Todos los cultivos que teníamos se perdieron, el ganado que sobrevivió era el que estaba en los corrales cerca a la casa o en alguna altura. Se perdieron o se dañaron los alambrados, caminos, cultivos, potreros. Era un panorama desolador.

Este aluvión parece que se generó en uno de los cerros arriba de Charagua, donde había una laguna natural. Con la lluvia, se cree que esa laguna se desbordó y trajo un deslave de toda la capa de tierra, árboles y piedras del cerro y lo que encontró en el camino.

Cuando la situación estuvo más bajo control, Chicho se comunicó con papá por radio y le informó lo que había sucedido. Ese fue un duro golpe para él. Acababa de cumplir sesenta y cuatro años. En pocas horas, el aluvión había destruido muchas cosas por las que trabajó tan duro por tantos años. Habilitaron la pista de aterrizaje y mi padre llegó al día siguiente en avioneta.

Días después, llegó gente del Comité Pro Santa Cruz, de la alcaldía y de todas las instituciones que había en esa época, para ayudar a las poblaciones afectadas por el aluvión. Se utilizó a Itaguazurenda como centro de distribución de la ayuda en la zona.

Alguien le preguntó a mi padre: “Don Jesús, y ahora usted, ¿qué va a hacer con todo esto?”. Entonces él, muy serio, le respondió: “Como siempre lo he hecho, a trabajar, a reconstruir”. Y añadió: “Contra los designios de los hombres, me rebelo. Contra lo que manda Dios, nunca”.

Nosotros tuvimos la suerte que la casa de Ita se salvó. Pero no sucedió así con la hacienda Santa Fe, de tío Carlos, que estaba al otro lado del río. Para él ese día fue terrible, porque mientras por casualidad estaba con nosotros, no sabía si su esposa e hijos habían podido salvarse de los daños que causó el aluvión. Cuando pudo cruzar el río, tío Carlos vio que su casa y toda la estancia estaban destruidos. Afortunadamente, su familia se salvó subiéndose a los árboles. 

Mi hermano Miguel estaba en su aserradero en Abapó, un pueblo a unos cien kilómetros al norte de Itaguazurenda, cuando vino el aluvión. Tan pronto pudo, emprendió viaje con Thery hacia la hacienda.

Pudieron hacer parte del viaje por las vías del tren, hasta que estas desaparecieron bajo los restos del aluvión. Después siguieron a pie, caminando por el lodo por varias horas. Se cubrieron los pies y las piernas con lo que pudieron para defenderse de las alimañas, espinas y piedras.

Recuerdo perfectamente la inmensa emoción que sentimos cuando alguien dijo en voz alta: «¡Don Miguel y doña Thery están llegando!». Salimos todos a recibirlos y nos abrazamos con mucha emoción. Es un momento que nunca olvidaré.

LA MUERTE DE MI PADRE

Dos meses después del aluvión, en febrero de 1959, mis padres me enviaron a Buenos Aires por un año. Esto se hizo a pedido de Aida, quien ya vivía allá.  En febrero de 1960, mi hermana pidió permiso a mis padres para que me quede unos días más para acompañarla en sus vacaciones de verano. Papá accedió, pero no de muy buen agrado.

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Foto de papá con su radio en Itaguazurenda.

Por esos días, mis padres fueron a un matrimonio en Charagua. Estaba fresco y papá se resfrió. Empeoró a tal punto que el resfriado se convirtió en una neumonía. Murió pocos días después, el 9 de marzo de 1960. Tenía sesenta y seis años.

Aida y yo pudimos llegar a Santa Cruz el 11 de marzo, cuando él ya había sido enterrado. Unos meses después regresé a Ita acompañando a mi madre. Ahí pude ver el gran trabajo que mis padres habían hecho para reconstruir la hacienda después del aluvión, casi dejando sin rastros los efectos de los daños.

Historias de vida - Julia Gutierrez
Foto de los hermanos Gutiérrez Jiménez, tomada alrededor de 1955. Parados de izquierda a derecha: Manuel Jesús, Osvaldo y Pablo. Sentados: Ramón, Alicia y Óscar.

RUPERTA, LA JAGUAR DE LA CASA

Ruperta llegó a Ita en 1961. En ese año, alguien nos trajo de regalo a esta bebé jaguar, que rápidamente llegó a ser parte importante de la vida de la casa. Recibió mucho cariño y adulo de los que vivíamos allí.  Ella andaba suelta en el patio, compartiendo el espacio con perros y gatos, todos conviviendo en perfecta armonía.

Historias de vida - Julia Gutierrez
Ruperta tomando leche con los gatos. Esa mesa era su lugar favorito para comer y dormir.

Los instintos de cazadora de Ruperta seguían intactos. Si alguna vez una gallina se escapaba del gallinero y entraba al patio, no duraba ni un minuto. Yo tenía una hermosa paraba roja llamada Rosaura. Ruperta también se fijó en ella.

La jaguar era tan mansa que una noche, después de la cena, la escuchamos golpeando la puerta del comedor, con un quejido extraño. Estaba con la cara muy hinchada, la había mordido una víbora venenosa. Inmediatamente la atendimos y la pudimos salvar.

El lugar preferido de Ruperta era la tina del baño, porque era fresca. También dormía su siesta en la hamaca frente al cuarto de Miguel. No sé cómo abría la hamaca, pero se las arreglaba para entrar.

FAMILIA

En febrero de 1964 decidí salir del cobijo de mi familia en Itaguazurenda para iniciar una nueva vida, la mía como adulta. Me trasladé a Santa Cruz, y dos meses después, me uní en matrimonio con el hombre que Dios me regaló como compañero, Jorge Foianini Lozada, un hombre brillante, honesto y generoso, mi amigo y compañero, con quien compartí cuarenta y un hermosos años.

Chaco boliviano
Esta foto fue tomada unos días antes de mi matrimonio. De izquierda a derecha: Miguel, Irma, mamá, Aida, Chepita, yo y Chicho.

El tiempo siguió transcurriendo. En 1973, cuando mamá tenía setenta y dos años, murió mi hermana Irma. Fue un golpe terrible para la familia.

Once años más tarde, en 1983, sobrevino la muerte de mi querida Chepita. La recuerdo a ella tan bien. Era enamoradiza, amiguera, alegre, comparsera. Bailaba con mis hermanos, con mi padre, con sus supuestos cortejos. Bailaba agarrada, pero bailaba. Tengo muy lindos recuerdos de ella. 

Mamá falleció el 27 de agosto de 1984, de una complicación por diabetes. Ella fue una mujer muy inteligente, fuerte y bondadosa. Supo sacar fuerzas para aceptar los golpes de la vida, gracias a su gran amor por su familia y su fe inquebrantable en Dios. Fue muy adulada y querida por sus parientes y amigos. Sus cuñados Gutiérrez y Velasco la trataban como a una hermana. Ella aglutinó familia. 

Dos meses después del fallecimiento de mamá, mi hermano Chicho murió en un accidente de avión, tenía solo cuarenta y ocho años. Eso ya no lo vio ella, pero para todos nosotros fue algo muy duro de aceptar.

Miguel se fue hace veintidos años, en 1997. Ahora quedamos solo mi hermana Aida y yo.

ME SIENTO AFORTUNADA

Me siento afortunada por haber nacido en el seno de esta familia. Fui cuidada, amada y respetada por todos, en especial por mis padres y hermanos. Ahora me doy cuenta del gran privilegio del que gocé, por la libertad sin miedos o temores, la amistad espontánea y desinteresada y las obligaciones cumplidas sin representar el esfuerzo. Todos esos valores eran los que regían en mi familia.

Chaco boliviano
Mis padres, en la terraza de la casa.

RECUERDOS DE LA GENTE DE ITA

En estas memorias,  no puedo dejar de mencionar a Octavio y Fabián Castro, los capataces de mis padres, siempre honestos, trabajadores y muy leales. También tengo muy presentes a Asunta y Pascuala, a cargo de los quehaceres de la casa. Y por supuesto, recuerdo con mucho cariño a mamá Ana, quien se hizo cargo de Chicho y de mí hasta que fuimos a la escuela.

Tengo que mencionar con muchísimo cariño a mi prima, hermana, amiga y compañera inseparable, Chichina Frías Gutiérrez, con quien compartí tantas cosas desde mis seis años. La extraño mucho. Ella falleció el año 2002.

Chaco boliviano
Chichina y yo.

LA HACIENDA SIGUE EN MANOS DE LA FAMILIA

A la muerte de mi padre en 1960, mi hermano Miguel recibió Itaguazurenda como parte de su herencia. En 1963 él se separó de Thery, y se casó en segundas nupcias en 1980 con Celia Bowles, con quien tuvo cuatro hijos: Miguel, Cecilia, Óscar y Sergio Gutiérrez Bowles.

El año 1997 Miguel falleció, y la hacienda pasó a ser administrada por las hábiles manos de mis sobrinos. Con ellos continúa la historia de Itaguazurenda, esta vez con la cuarta generación de la familia.

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Notas del editor:

Esta historia se basa en varias entrevistas y revisiones con Julia Gutiérrez Velasco realizadas entre febrero y junio de 2019.

Las fotos de la familia fueron proporcionadas por Julia Gutiérrez Velasco. Otras imágenes tienen la acreditación correspondiente.

La redacción y edición son de Marcos Grisi Reyes Ortiz.

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Escrito por

Cada historia que escucho es como si fuera mi propia historia. Y en cierta forma, es la tuya también. Al leerlas, espero que lo sientas así.

33 comentarios en “Julia Gutierrez Velasco: Itaguazurenda, un oasis en el Chaco

  1. Hola que tal??soy kike de Argentina,hijo de Kuka,así le pusieron en la hacienda de ITA…no pudo contener las lágrimas cundo le leí toda la historia.Mi madre es hija de Asunta Castro y es ahijada de Chepita.,mi madre recuerda todo y llora al ver las fotos de Don Jesús y Doña Clotilde…gracias a la tecnología ella puede recordar donde nació.Ella vive aquí en Jujuy conmigo y me dice que le gustaría saber algo de las personas que pasaron su niñez con ella en la hacienda.Un abrazo grande desde aquí y espero algún dia poder tener contacto con alguien así mi madre cierra un capítulo de su vida que siempre quizo saber que pasó con toda la familia.

  2. Que hermosa historia y de varias generaciones de familias que construyeron sus vidas con trabajo honestidad y mucho amor ,felicitaciones a sus descendientes..

  3. Hermoso! Emocionante! Lo leí con lágrimas algunos tramos! Está escrito con tanta claridad como amor. MUCHAS GRACIAS!!!

  4. Maravillosa gente de campo que impulsó el desarrollo de la región. Puedo imaginar cada momento del relato y recordar con nostalgia mi vida a orillas del Parapetí.

  5. Hermoso lugar, estuve viviendo allí, pude ver los libros antiguos de la biblioteca y los equipos de la radio

  6. Que hermosa historia de tan hermosa propiedad y su familia, tuve el privilegio de conocer Ita hace algunos años que me contrataron para volar a está en una avioneta de una empresa en la que yo trabajaba y un joven me imagino uno de sus sobrinos me mostró toda la casa los frutales y la lechería que ya no funciona como tal.
    Aún ahora la pista es usada en emergencias por los pobladores de Charagua ya que la pista del pueblo está en desuso
    Con muchas ansias esperare algún día poder servirles y visitar tan hermoso lugar
    Saludos cordiales
    Cap. Gastón Rivero

  7. Me gustó mucho, siento mucha admiración por esa gente que supo levantar las tierras del oriente con un esfuerzo y sacrificio increíbles, mi admiración y respeto

  8. Me encantó, recordé los lejanos años en los que podíamos disfrutar de la vida plácidamente, con mucho trabajo es cierto, pero con paz social y disfrutando de la naturaleza

  9. Me encantó. Vengo de otro país, de Europa, pero ese relato me hace recordar a mi enfancia y a la casa de campo de mis abuelos cuando eramos niños y todos compartiendo entre primos y primas. Que lindos tiempos aquellos!

  10. Muy bellos relatos de la historia de la zona mís abuelos eran de la zona isabel Siles..Melquíades Heredia ..visente suarez …las historias vivida x la flia. Gutierrez..me transportaron a las visita k hacia a mis abuelos desde camiri en vacaciones en tiempo de colegio.x los años 70.80..gracias muy hermosos relatos

  11. Me encanto el relato!!!! Muy propio de la vida familiar en el campo y de esa epoca!!!! Yo soy una descendiente Velasco!! Pero, mi abuelo materno emigro a cordillera y nunca nos hablo de su flia!! Por boca suya, sabiamos que era muy amigo de Don Ramon Dario Gutiertez! Ahora veo, que ademas de amigos, eran parientes!!! La madre de mi abuelo materno se llamaba Angela Velasco!!! Casada con Modesto Salinas!!! Me encantaria saber mas de mi bisabuela( tia suya) como dije! Mi abuelo casi nada nos hablaba de su flia!!!le agradeceria contactarse conmigo, si ud, puede y lo permite!!! Gracias!!!!

  12. Interesante historia de santa Cruz, la belleza y lpotencia de su gente, pase un lindo momento con esta historia, gracias

  13. Linda
    La saga de la fãmilia Gutierres , me encantó , en 1971 yo prenotei en esta hacienda viniendo de San Antonio de parapeto hacia Camiri con unos 20 cavallos , para la venta

  14. entrañable historia, se perciben en la piel cada descripción y letra escrita en esta historia de vida! Gracias Marcos por tu labor de registro social,humano, de la huella de familias, personas, instituciones.

  15. Entrañable historia con olor a guayaba nostalgia y limones. Gracias a doña Julia y a tí Marcos. Y que no se pierda el espíritu de nuestras entrelazadas familias del Oriente boliviano.

  16. Hermosa historia muy bien contada ! La vida pasa pero las personas de bien siempre dejan huella.

  17. Me encanta sobre todo porq habría una posibilidad de encontrar mi línea paterna Velasco q proviene de Santa, Cruz.

  18. Me encanto la historia, sobre todo el amor q le tienen a esas tierras q en un tiempo fueron inhóspitas y difíciles de vivir, felicidades a los pioneros q se atrevieron a hacer de ese lugar un paraíso, no es fácil!!! Mi madre también fue pionera y sola, en tierras salvajes, pero sobrevivió y amo ese lugar con toda su alma.

  19. Que hermosa historia de la familia Gutiérrez y lindos recuerdos, que lindo saber que se trataba de hombres y mujeres valientes!!!!
    Felicidades a toda esa linda descendencia…

  20. Hermosa historia
    Llegue una vez a Ita de Ururigua, con Carlitos Gutierrez Reese. Don Miguel estaba controlando la temperatura de tubos del frigorífico.
    Fui al baño y volví amarillo, no me dijeron que era la “dormida” de Ruperta.
    Don Miguel se dio cuenta, soltó una carcajada y nos invitó a cenar. Sería el 1972+-
    Al día siguiente salimos en un Curtís lleno de carne a Cerdas, unas minas de Potosí y de allá a La Paz
    A Dr Mario Gutierrez lo pisesionaban como presidente interino, por un viaje de Banzer al exterior
    Carlos debí estar allá y yo de suertudo también

  21. Hermosa historia!!!
    Lindos recuerdos y la historia continúa en su descendencia….

  22. Hermosa historia de un legado familiar de personas nobles y de buen corazón, tengo la dicha de ser amigo de esta 4ta generación. Si bien no conozco la propiedad pero si la zona, es digno en trabajo desempeñado en ella.

  23. Marcos, realmente una historia fascinante. Me encanto…… te felicito por el excelente trabajo!!

  24. Hermosa familia de hombres y mujeres a carta cabal, felicidades Julia (Chichi )por tu narración, muy amena.

  25. Itaguazurenda, lugar de ensueño, digno de película Hollywoodense.
    Quien conoció y creció esos lugares, estuvo cerca del paraíso.
    Excelente historia, gracias Marcos Grisi Reyes Ortiz y Julia Gutiérrez Velasco

  26. Muy lindo saber de familias pioneras del chaco boliviano. La narracion Muy amena! !!

  27. Que linda interesante historia yo también tuve el privilegio de conocer esa propiedad con mi cuñada Marylina pena cuando fuimos a su propiedad ,conocí a Miguelito qué lugar tan bonito!!
    Gracias

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