En el camino todos somos iguales. No importa el idioma que hables, tu clase social, el color de piel o tu creencia religiosa. Empiezas y terminas en el mismo lugar que el resto. La diferencia está en la compañía que eliges y el peso de tu carga.
Este tercer viaje empezó con muchas dudas. No había una necesidad de ir y, sin embargo, algo me llamaba. Al llegar a Santiago supe la razón: encontré la fe en mí mismo, en mis propias capacidades. Fue un regalo divino el que recibí.
La idea de escribir historias de vida nació en este viaje. En esos días experimenté un sentido de comunidad que nunca había percibido antes. Ya no sentí esa separación entre el “yo aquí” y el “tú allá”. Algo se abrió en mí.
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