En mi vida tuve la oportunidad de viajar por muchas partes del mundo. He conocido lugares maravillosos, pero ninguno me enseñó tanto como el Tíbet. En este relato contaré cómo inicie ese viaje y lo que me sucedió allá.
Esta historia relata las experiencias que he vivido como médico recién egresado de la facultad. Servirá para que los estudiantes de Medicina puedan entender el ambiente, las presiones y las responsabilidades de la profesión. No es fácil.
Cada acto de amor que realizas en tu vida, por más pequeño que sea, resulta en un regocijo de espíritu. Lo puedes notar porque tal vez cambias de estado de ánimo o te sientes más ligero. Sabes que has dado un poco de felicidad a alguien más.
Mi padre, Abraham Afcha, nació en Ramallah, Palestina, el año 1899. El Imperio Otomano dominaba la zona en ese entonces. Cuando era un jovencito de catorce años, en 1913, el mundo estaba a punto de entrar a la Primera Guerra Mundial.
Nací el año 1947 en la ciudad de La Paz, soy el menor de cinco hermanos y el único varón. Vivíamos en la calle Federico Zuazo, a una cuadra del Paseo del Prado, cerca del edificio principal de la Universidad Mayor de San Andrés.
Nací en Lima, Perú, provengo de una familia peruana. Mis padres emigraron a Bolivia cuando yo tenía seis años. Vinieron en una época muy difícil y enfrentaron las dificultades con valentía.
Siempre me gustaron los animales. Cuando era niña me crie con ellos. En mi vida adulta me volví cada vez más sensible respecto a la condición de vulnerabilidad de los animalitos en la ciudad.
Voy a relatar un caso médico que no tiene ninguna explicación lógica ni científica. Lo he comentado con colegas médicos aquí en Bolivia y en congresos internacionales, nadie cree que se trate de un evento real. Pero lo es: yo lo viví.
Mi nombre es Cleto. Trabajo aquí en El Prado como lustrabotas desde la mañana hasta las siete de la noche. El trabajo para nosotros es muy sufrido, porque la gente no quiere aceptar que estemos con nuestras capuchas, tapándonos la cara.
Recuerdo que estaba en la cama del hospital, muy ansiosa esperando que mi marido vuelva de hablar con el pediatra. El día anterior había dado a luz a mi tercer hijo. Percibí, desde el primer momento, que el bebé tenía algo diferente.
Tengo ahora treinta y un años. Cuando pienso en todas las cosas por las que he pasado, la gente que he conocido y las emociones que he vivido, a veces me es difícil creer que todo sea cierto.
Nací el 11 de junio de 1962 en la comunidad de Challa, que está justo al medio de la isla del Sol, en el lado boliviano del lago Titicaca, cerca de Copacabana. Soy la quinta de siete hermanos y la menor de las mujeres.
Mi abuela era negra, descendiente de los esclavos que llegaron a Bolivia y que solo viven en la parte de los Yungas. Se casó con mi abuelo, quien era blanco. Su primera hija nació blanca como mi abuelo y fue muy bien recibida por él.
Yo creo que las pasiones son un camino. No son el fin, no es lo único que tú haces, sino es aquello en lo que te metes, te zambulles. Es algo en lo que pones amor, cariño, dedicación y a lo que diriges tus pensamientos.
Desde que empecé a jugar tenis competitivo, siempre me esforcé por salir primero. Era un jugador dedicado y disciplinado en los entrenamientos, pero no tan talentoso como otros. Eso sí, tenía la fuerza de voluntad por ser mejor cada día.
Me gusta cantar. Siempre lo hice, desde que era una niña en el colegio. Me “descubrieron” en un concurso interno, donde recuerdo que canté con muchos errores, pero a la gente que me escuchó le gustó.
Contaré sobre tres casos médicos que conocí como pediatra especializada en Cardiología en La Paz. Las situaciones son reales, solo cambié los nombres de las personas. Aquí describo algunas realidades de nuestra población.
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