A principios del siglo XX dos hermanos del sur de Italia, Biagio y Giuseppe Orrico, llegaron a Bolivia buscando oportunidades de trabajo. Los acompañó Fortunata, esposa de Biagio, y Rossina, la hija de ambos. En La Paz, después, nacerían tres niños más.
En esta etapa nacieron los hijos mayores y la familia se trasladó por un tiempo a La Paz, donde el Dr. Gutiérrez asumió un cargo en el gobierno. Llegó después la revolución de 1952, la persecución política y el nacimiento de la hija menor.
La historia de la familia Roda en Bolivia se inició en 1909 cuando Recaredo, un joven de dieciséis años, partió de Valencia rumbo a Buenos Aires. Llegó a Santa Cruz dos años después como ayudante de un francés, acarreando mulas.
Cada acto de amor que realizas en tu vida, por más pequeño que sea, resulta en un regocijo de espíritu. Lo puedes notar porque tal vez cambias de estado de ánimo o te sientes más ligero. Sabes que has dado un poco de felicidad a alguien más.
Mi padre, Abraham Afcha, nació en Ramallah, Palestina, el año 1899. El Imperio Otomano dominaba la zona en ese entonces. Cuando era un jovencito de catorce años, en 1913, el mundo estaba a punto de entrar a la Primera Guerra Mundial.
En este relato cuento la historia de Dionisio Foianini Ioli, el primer inmigrante de la familia, y de mi tío abuelo Dionisio Foianini Banzer, quien aportó con la fundación de la empresa estatal de petróleo y el Tratado de Paz con Paraguay.
El primero en llegar a Bolivia fue mi abuelo materno, Nagayoshi Kiyonari, en 1932. En La Paz nacieron sus cuatro hijos, entre ellos, mi madre, Fumiko. En 1956 llegó mi padre, Motoyoshi Kimura. Aquí cuento la historia de nuestra familia.
El viernes 14 de junio de 2019 se reunieron once trabajadores de La Papelera S. A. para contar anécdotas de la empresa. Recordaron al Tata von Bergen, los campeonatos de fútbol, la solidaridad de los compañeros, y las primeras experiencias.
Entré a La Papelera el 5 de noviembre de 1965 cuando tenía veintiún años, acababa de salir del cuartel. Presenté una carta al Tata von Bergen solicitándole trabajo. Ese papel lo tengo conmigo, me lo dieron como recuerdo el día en que me jubilé.
Entré a trabajar a La Papelera en 1986, cuando tenía veintinueve años. Yo jugaba fútbol, los campeonatos en los que representábamos a la empresa eran casi nuestro segundo trabajo. La casaca la he vestido como si fuera mi propia piel.
Trabajo en la sección de Cartón Corrugado en la planta de El Alto. Ingresé a trabajar el 16 de octubre de 1990, el mismo año en que me casé. Gracias al sueldo que gano, mi esposa vive tranquila.
Mi ingreso a la empresa fue a través del deporte. El equipo de fútbol era muy fuerte en los campeonatos, y podían necesitar nuevos jugadores. Yo jugaba como arquero y tenía posibilidades de entrar, pero dependía del sindicato.
Quisiera contar una historia personal que sucedió hace cinco años. Un día, después de trabajar, tuve un accidente cuando conducía mi moto, del que salí muy lastimado. El apoyo que recibí de mis compañeros en los siguientes meses fue enorme.
Entré a trabajar a la empresa el 1° de abril de 1987, en el departamento de Contabilidad. Mi jefe era don Germán Lino, gerente administrativo financiero, contador y jefe de Recursos Humanos.
Ingresé a trabajar a La Papelera el año 1986, en el área de Cobranzas. Mi jefe fue el Sr. Rolando Dalence, quien también venía de la banca. En esa época la lista de deudores la escribíamos a máquina todos los días, hoja por hoja.
La Papelera fue mi primer trabajo. En el año 1992, el Sr. Carlos Mérida, jefe de Recursos Humanos, me invitó a conocer la empresa. Me presentó al gerente general, don Jorge von Bergen, quien me preguntó: “¿Quieres trabajar aquí?”
Uno de los temas más complicados que enfrenté en mi vida laboral fue la reestructuración de la empresa, que se realizó entre los años 1997 y 2000. Nos vimos obligados a tomar decisiones difíciles.
Entré a La Papelera el año 2013 para asumir un nuevo reto profesional: cambiar de una empresa de servicios en el centro de la ciudad a una empresa industrial. Recuerdo con claridad cómo fueron los primeros días en la empresa.
La Papelera fue mi primer trabajo, en él me formé y crecí profesionalmente. Hoy, después de casi 25 años, me nace un sentimiento de orgullo y agradecimiento a esta gran empresa, y en especial a la familia von Bergen.
Entre risas y afectos, nos reunimos Charito, Rosemarie, Luis Fernando, Cuca, Pocha y Pico para recordar con cariño la historia de nuestros padres y de la familia. De este esfuerzo surgió un relato, que compartimos con todos ustedes.
Nací el año 1947 en la ciudad de La Paz, soy el menor de cinco hermanos y el único varón. Vivíamos en la calle Federico Zuazo, a una cuadra del Paseo del Prado, cerca del edificio principal de la Universidad Mayor de San Andrés.
Itaguazurenda es la estancia de mi familia, a casi 300 kilómetros al sur de Santa Cruz. Allá viví una niñez maravillosa, rodeada de gente muy querida y de la naturaleza salvaje del Chaco boliviano.
Nací en Lima, Perú, provengo de una familia peruana. Mis padres emigraron a Bolivia cuando yo tenía seis años. Vinieron en una época muy difícil y enfrentaron las dificultades con valentía.
Siempre me gustaron los animales. Cuando era niña me crie con ellos. En mi vida adulta me volví cada vez más sensible respecto a la condición de vulnerabilidad de los animalitos en la ciudad.
Cada gato en el refugio de Lilian tiene una personalidad diferente: Roque da la bienvenida a los felinos nuevos que llegan, Kendra y Ninina son amigas inseparables, Celeste se queda en la cama y Martín, el gato negro, recibe a las visitas humanas con cariño.
El Dr. Nelson Via Reque contó, en enero de 2019, uno de los casos más extraños que le tocó vivir en su práctica médica. A continuación se encuentra el testimonio de los médicos y enfermeras que lo acompañaron en esas semanas críticas.
Para contar mi historia empezaré con el apellido Asper. Cuando los antepasados tenían que tomar apellidos, asumían los nombres de los elementos que los rodeaban. Mi familia vivía en una colina donde había álamos, llamados “Aspen” en alemán.
Voy a relatar un caso médico que no tiene ninguna explicación lógica ni científica. Lo he comentado con colegas médicos aquí en Bolivia y en congresos internacionales, nadie cree que se trate de un evento real. Pero lo es: yo lo viví.
Mi familia proviene del norte de Alemania, del estado de Schleswig-Holstein, que queda al norte de Hamburgo, cerca de Dinamarca. A finales del siglo XIX, mi abuelo tenía a su cargo el control de existencias de peces en los lagos y en el mar.
Era marzo de 1964. Mis padres, recién casados, embarcaron en Génova en el vapor Rossini rumbo a Buenos Aires, con destino final La Paz, Bolivia. Unos meses antes, mi padre había terminado su doctorado en Farmacia y Bioquímica.
Nací el 23 de abril de 1936, justo un mes después de que mi papá fundara la empresa. Dos años más adelante, el 27 de mayo de 1938, nació mi hermano Dieter. Nuestra infancia coincidió con el inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Nací el 4 de octubre del año 1952, actualmente tengo 69 años. Trabajo hace 45 años en Droguería Inti, es mi único empleo. Mis oficinas quedan en la fábrica de la compañía, en la ciudad de El Alto, a 4000 metros sobre el nivel del mar.
Ya estoy 21 años trabajando en Inti. Me pongo a pensar hacia atrás y me parece que el tiempo no hubiera pasado. Ingresé en un momento muy delicado en la compañía, cuando ésta atravesaba un período de mucha incertidumbre financiera.
Mi relación con Droguería Inti empezó cuando yo tenía 39 años y ya había trabajado en otras empresas en la industria farmacéutica. En ninguna de ellas estuve más de 6 años. En Inti, sin embargo, ya tengo más de 31 años de trabajo.
La ayuda social siempre me ha parecido hermosa. Sentía que haber sido bendecida con una familia estable y salud me daba una cierta responsabilidad, ayudar a los demás. Todos tenemos la capacidad de traer bienestar a la gente.
Nací en Oruro en 1958. Cuando era niña, mis padres decidieron emigrar a la mina La Chojlla, que se encuentra pasando la cordillera de Los Andes, en la zona de los Yungas de La Paz. Mi papá era minero y encontró trabajo allá.
Mi relación con Inti empezó apenas me gradué como secretaria comercial del Lincoln Institute, en La Paz, en noviembre de 1976. La gente del instituto me avisó que había una vacancia en esta empresa.
Ingresé a Droguería Inti en 1976, tenía 22 años y acababa de casarme. El hermano de mi papá conocía al Sr. Otto Gronemann, gerente de la agencia de Inti en ese entonces, y me recomendó para que me tomaran.
Nací el 14 de mayo de 1943 en Praga, Checoslovaquia, en plena Segunda Guerra Mundial. Al terminar la guerra y antes que el país sea parte del bloque soviético, mis padres decidieron emigrar como refugiados a Alemania, por Baviera.
Mi relación con Droguería Inti empezó cuando tenía 24 años. Una mañana vi un aviso en el periódico que decía: “Se necesitan visitadores médicos, con o sin experiencia, mandar carta manuscrita”. Al principio no le di mucha importancia.
Mi nombre es Cleto. Trabajo aquí en El Prado como lustrabotas desde la mañana hasta las siete de la noche. El trabajo para nosotros es muy sufrido, porque la gente no quiere aceptar que estemos con nuestras capuchas, tapándonos la cara.
Recuerdo que estaba en la cama del hospital, muy ansiosa esperando que mi marido vuelva de hablar con el pediatra. El día anterior había dado a luz a mi tercer hijo. Percibí, desde el primer momento, que el bebé tenía algo diferente.
Con este relato quiero dejar viva la memoria de mi abuelo, Adalberto Terceros Mendivil. Asimismo, quiero resaltar la personalidad de mi abuela, Josefina Bánzer Aliaga, una mujer de temple ante las dificultades de la vida.
Este tercer viaje empezó con muchas dudas. No había una necesidad de ir y, sin embargo, algo me llamaba. Al llegar a Santiago supe la razón: encontré la fe en mí mismo, en mis propias capacidades. Fue un regalo divino el que recibí.
Tengo ahora treinta y un años. Cuando pienso en todas las cosas por las que he pasado, la gente que he conocido y las emociones que he vivido, a veces me es difícil creer que todo sea cierto.
Nací el 11 de junio de 1962 en la comunidad de Challa, que está justo al medio de la isla del Sol, en el lado boliviano del lago Titicaca, cerca de Copacabana. Soy la quinta de siete hermanos y la menor de las mujeres.
Mi abuela era negra, descendiente de los esclavos que llegaron a Bolivia y que solo viven en la parte de los Yungas. Se casó con mi abuelo, quien era blanco. Su primera hija nació blanca como mi abuelo y fue muy bien recibida por él.
Yo creo que las pasiones son un camino. No son el fin, no es lo único que tú haces, sino es aquello en lo que te metes, te zambulles. Es algo en lo que pones amor, cariño, dedicación y a lo que diriges tus pensamientos.
Desde que empecé a jugar tenis competitivo, siempre me esforcé por salir primero. Era un jugador dedicado y disciplinado en los entrenamientos, pero no tan talentoso como otros. Eso sí, tenía la fuerza de voluntad por ser mejor cada día.
Me gusta cantar. Siempre lo hice, desde que era una niña en el colegio. Me “descubrieron” en un concurso interno, donde recuerdo que canté con muchos errores, pero a la gente que me escuchó le gustó.
Contaré sobre tres casos médicos que conocí como pediatra especializada en Cardiología en La Paz. Las situaciones son reales, solo cambié los nombres de las personas. Aquí describo algunas realidades de nuestra población.
La idea de escribir historias de vida nació en este viaje. En esos días experimenté un sentido de comunidad que nunca había percibido antes. Ya no sentí esa separación entre el “yo aquí” y el “tú allá”. Algo se abrió en mí.
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